Al-arma toca el campo micigriego
contra Marramaquiz, gato troyano;
violento sube, aunque oprimido en vano,
a la región elementar el fuego;
inquietan de los aires el sosiego,
con firme agarro de la uñosa mano,
banderas, que con una y otra lista
trémulas se defienden a la vista,
no permitiendo, pues no dejan verse,
que las colores puedan conocerse,
respondiéndose a coros
las cajas y los pífanos sonoros,
y al paso que se alternan
siguiendo el son marcial los que gobiernan.
Y luego los soldados,
de acero y de ante y de valor armados,
agujas del cabello por espadas,
y sólo descubriendo las celadas
por delante mostachos
y por detrás plumíferos penachos,
marchando con tal orden, que la planta
donde el que va delante la levanta,
estampa el que le sigue,
sin que el bastón del capitán le obligue,
y al son de las trompetas resonantes,
las picas a los hombros los infantes,
en quien la variedad y los colores
formaban un jardín de varias flores,
a la manera que el abril le pinta
en cultivada quinta;
las picas de los bravos marquesotes
de varas de medir y de virotes,
y ya de los plebeyos,
baquetas de Babiecas y Apuleyos,
sin escuadras gallardas,
que llevaban en forma de alabardas
aquellos cucharones
con que suelen sacar alcaparrones,
y con las palas, como medias lunas,
las sabrosas de Córdoba aceitunas;
Córdoba, donde nacen andaluces
Góngoras y Lucanos;
y encendidas las cuerdas en las manos,
no de Milán dorados arcabuces
llevaba la lucida infantería,
mas de huesos de piernas de carnero,
que gatos de uno y otro pastelero
trajeron de porfía,
que no fueron de gato de ventero,
sospechosos en tales ocasiones
y de huesos de vaca los cañones
para batir la torre.
Con esto Micifuf el campo corre
y pone cerco al muro,
armado de un arnés cóncavo y duro
de un galápago fuerte,
que sin salir de sí le halló la muerte;
la cabeza adornada
de un sombrero, la falda levantada,
de un trencellín ceñido,
el pasador y hebilla guarnecido,
con pluma verde obscura,
señales de esperanza con tristeza,
aunque la justa causa le asegura;
con tanta gentileza
al caballo arrimaba
la estrella de la espuela,
y con la negra rienda le animaba
a la obediencia del dorado freno,
de espuma y sangre lleno,
que sin tocar los céspedes, volaba.
Ni es nuevo el ver que vuela,
pues que pintan con alas al Pegaso,
volando por las cumbres del Parnaso;
que vemos en Orlando el hipogrifo,
monstruo compuesto de caballo y grifo.
Mas, si dudare alguno de que hubiese
caballos tan pequeños,
pareciéndole sueños,
y a la naturaleza le quisiese
quitar de milagrosa el atributo,
aunque sea sin fruto
la tácita objeción, quedará llana
con irse de aquí a Tracia una mañana
que esté desocupado
de los negocios de mayor cuidado,
y verá los pigmeos,
que en la región de trogloditas feos
también los pone Plinio,
que hizo de estos monstros escrutinio,
y en las lagunas del egipcio Nilo,
otros autores, por el mismo estilo,
que escriben, que trayendo de Etiopía,
donde hay bastante copia,
dos pigmeos a Roma (gente grave),
se murieron de cólera en la nave.
Homero les da patria al mediodía,
con su intérprete Eustacio;
Mela, de Arabia en el ardiente espacio,
que el sol fénix mayores monstros cría,
puesto que, aunque confiese tales nombres,
Aristóteles niega que son hombres.
Ni en su Ciudad de Dios pasó en olvido
el divino africano los pigmeos;
y Juvenal umbrípides los llama,
sin otros que han negado y defendido
esta opinión, que divulgó la fama.
Pero, pues pintan monstros semideos,
que por los montes van de rama en rama,
las poéticas trullas,
diciendo que batallan con las grullas,
no será mucho que haya semihombres.
Estos, con cierta patria y ciertos nombres,
en la misma región caballos tienen,
de donde nuestros gatos se previenen;
que hacer de sólo un codo
hombres naturaleza,
como pintor que muestra la destreza,
a un naipe todo un cuerpo reducido,
y los caballos no del propio modo,
mayor monstrosidad hubiera sido
de su instrumento ilustre y poderoso;
que mal pudiera andar hombre muñeca
en el lomo espacioso
de un gigante Babieca;
así que la objeción no es de provecho,
pues queda el argumento satisfecho;
demás de que el lector puede, si quiere,
creer lo que mejor le pareciere:
porque si se perdiese la mentira,
se hallaría en poéticos papeles,
como se ve en Homero, describiendo
a la casta Penélope, que admira
por los amantes necios y crueles,
tejiendo y destejiendo,
sin dejarla dormir, de puro casta.
Y lo contraria para ejemplo basta,
haciendo deshonesta
Virgilio a Dido Elisa, por Eneas,
como le riñe Ausonio,
aunque logró tan falso testimonio,
menos las aguas que pasó leteas,
donde escribió Merlín, con cuales iras
castigan al poeta las mentiras.
Mas vuelve, ¡oh Musa!, tú, para que pueda
ayudarme el favor de tu gimnasio,
que para lo que queda,
aunque parece poco,
al señor Anastasio
Pantaleón de la Parrilla invoco,
porque de su tabaco
me de siquiera cuanto cubra un taco.
Marramaquiz, aunque lo supo tarde,
había hecho alarde
de sus gatos amigos,
y halló que para tantos enemigos
era su gente poca;
mas, como la defensa le provoca,
las armas al asalto prevenía,
supuesto que tenía
poco sustento para cerco largo;
y cuidadoso de su nuevo cargo,
más triste y desabrido
que poeta afligido,
que ha parecido mal comedia suya,
o bien la de su cómico enemigo,
andaba por la torre,
y viendo que su esposo la socorre,
Zapaquilda, más llena de aleluya,
más alegre, contenta y más quieta
que aquel mismo poeta,
si ha parecido mal, siendo él testigo,
la del mayor amigo.
Prevenido en efeto
de toda defensión y parapeto,
sacó sus gatos, animoso, al muro,
por todas las almenas y troneras,
vestido de banderas,
que en alto y de diversos tornasoles,
eran entre las nubes arreboles;
y coronado de diversos tiros
soldados de valor y archimargiros,
opuestos a la furia del contrario
como se mira altivo campanario
de aldea, donde hay viñas,
para bajar después a las campiñas,
cubierto, por el tiempo de las uvas,
del escuadrón de tordos,
que en aquella sazón están más gordos.
cuando los labradores
limpian lagares y aperciben cubas,
así la negra cúpula tenía
de soldados, de tiros y a tambores
no menos valerosa gatería
Quien viera el pie que el escuadrón ceñía
de Micifuf, y el chapitel armado
de uno y otro gatifero soldado,
dijera que tal vista no fue vista
de Dario ni de Jerjes,
ni tanto perdigón haciendo asperges
en ninguna conquista,
ni la vio Escipión ni el rey Ordoño,
como en Cártago aquél, éste en Logroño,
y aunque entre la de Ostende,
pero sin nobis dómine, se entiende.
Ver tanto gato negro, blanco y pardo
en concurso gallardo
de dos colores y de mil remiendos,
dando juntos maullos estupendos,
¿a quién no diera gusto,
por triste que estuviera,
aunque perdido injustamente hubiera
un pleito, que es disgusto
después de muchos pasos y dineros,
para leones fieros?
Prevenidos, en fin, para el asalto,
mueven a sobresalto
los ánimos valientes
las retumbantes cajas,
previenen uñas y acicalan dientes
calando juntas las celadas bajas,
que en las frentes bisoñas
más eran de sartén que de Borgoñas,
pero en silencio los clarines roncos
que sonaban a modo de zamponas,
puesto a la margen de unos verdes troncos,
que no importa saber de lo que fueron,
de pies en uno Micifuf bizarro,
cuando del sol el carro
que Etontes y Flegón amanecieron,
atrás iban dejando el mediodía,
dijo a su belicosa infantería,
que atenta le escuchaba,
que aunque era gato, Cicerón hablaba:
«–Generosos amigos
de mis afrentas y dolor testigos:
la honra, que los ánimos produce,
a tan ilustre empresa me conduce;
ésta sola me anima;
quien no sabe qué es honra, no la estima.
Miente el que dijo, y miente el que lo estampa
que «un bel fugir tutta la vita escampa»;
pues mejor viene agora,
que «un bel morir tutta la vita honora».
Es la virtud del hombre
la que le inclina a los ilustres hechos;
digna es la fama de valientes pechos.
Hoy habéis de ganar glorioso nombre;
ninguna fuerza ni amenaza asombre
el que tenéis de gatos bien nacidos,
que estos viles alardes
(porque en siendo traidores son cobardes)
ya están medio vencidos
con sólo haber llegado a sus oídos
que yo soy quien os guía.
A Aníbal preguntó Scipión un día
que cuál era del mundo el más valiente,
y él respondió feroz, con torva frente:
–Alejandro el primero,
el segundo fue Pirro y yo el tercero.
Si entonces yo viviera,
cuarto lugar me diera.
Al arma acometed: yo voy delante:
y el no tener escalas no os espante,
que no son necesarias las escalas
si en vuestra ligereza tenéis alas.
Dijo, y vibrando un fresno en la ñudosa
mano, al muro arremete,
y con él mata siete,
Maús, Zurrón, Maufrido, Garrafosa,
Ociquimocho, Zambo y Colituerto,
gatazo que, de roja piel cubierto,
crió la mondonguífera Garrida,
aunque toda su vida
más enseñado a manos y cuajares
que a nobles ejercicios militares.
Mas, son tan eficaces las razones
formadas de los ínclitos varones,
como Alciato escribe, cuando asidos
llevaba de una cuerda de los labios
el anfitrioníades Alcides,
cuantos hombres prestaban los oídos
a la elocuencia de los hombres sabios.
Pero ya los agravios
de Micifuf la guerra comenzaban,
ya los gatos trepaban
la torre por escalas de sus uñas,
más fuertes garabatos
que los de tundidores y garduñas;
ya por la piedra, entre la cal metidas,
sin estimar las vidas,
subían gatos y bajaban gatos,
los unos como bueyes agarrados,
que clavan en las cuestas las pezuñas;
los otros, como bajan despeñados,
fragmentos de edificio que derriban,
que de su mismo asiento se derrumba.
A cual sirven de tumba,
después que del vital aliento privan,
las losas que le arrojan;
a cual de vida y alma le despojan
en medio del camino.
No despide en obscuro remolino
más balas tempestad de puro hielo.
que bajan plomos de la torre al suelo.
Allí murió Galván, allí Trebejos,
que le acertó la muerte desde lejos,
dándole con un cántaro en los cascos,
y otros con ollas, búcaros y frascos.
Así suelen correr por varias partes,
en casa que se quema, los vecinos
confusos, sin saber a donde acudan.
No valen los remedios ni las artes;
arden las tablas, y los fuertes pinos
de la tea interior el humor sudan
los bienes muebles mudan
en medio de las llamas;
estos llevan las arcas y las camas
y aquellos con el agua los encuentran;
estos salen del fuego, aquellos entran;
crece la confusión, y más si el viento
favorece al flamífero elemento.como el alto Júpiter mirase
desde su Olimpo y estrellado asiento
la batalla cruel, de sangre llena,
temiendo que quedase
en competencia tan feroz y airada
la máquina terrestre desgatada,
justo remedio a tanto mal ordena.
«Dioses, no es justo (dijo), que la espada
sangrienta de la guerra
se muestre aquí tan fiera y rigurosa,
aunque es la misma de la griega hermosa,
y que muertos los gatos, esta tierra
se coma de ratones,
porque se volverán tan arrogantes,
que ya considerándose gigantes,
no teniendo enemigos de quien huyan
y el número infinito disminuyan,
serán nuevos Titanes,
y querrán habitar nuestros desvanes».
Con esto luego envía
de obscuras nieblas una selva espesa,
y la batalla cesa,
revuelto en sombras de la noche el día;
y desde aquel, con inmortal porfía,
los unos y los otros prosiguieron,
aquellos en la ofensa,
y estos en la defensa;
pero durando el cerco, no tuvieron
remedio ni sustento los cercados;
tanto, que a Zapaquilda desfigura
la hambre la hermosura,
vueltas las rosas nieve;
por onzas come, por adarmes bebe.
Marramaquiz, que ya morir la vía,
con amante osadía,
pero sin que le viesen los soldados,
salió por un resquicio a los tejados
de una tronera que en la torre había,
para coger algunos pajarillos.
Iba con él Malvillos,
que a este solo fió su atrevimiento,
y por partir la caza del sustento;
y estando ¡oh dura suerte!
acechando a la punta de un alero
un tordo que cantaba,
la inexorable muerte,
flechando el arco fiero,
traidora le acechaba.
¿Qué prevenciones, qué armas, qué soldados
resistirán la fuerza de los hados?
Un príncipe que andaba
tirando a los vencejos
(nunca hubieran nacido
ni el aire tales aves sostenido)
le dio un arcabuzazo desde lejos.
Cayó para las guerras y consejos;
cayó súbitamente
el gato más discreto y más valiente,
quedando aquel feroz aspecto y bulto
entre las duras tejas insepulto;
pero muerto también, como era justo,
a las manos de un cesar siempre augusto.
Llevó Malvillos, pálido, la nueva,
que de su fe y amor llorando en prueba,
se mesaban las barbas a porfía,
como tudescos, muerto el que los guía;
mas, deseando verse satisfechos
del sustento forzoso,
rindieron las almenas y los pechos
al héroe sin victoria victorioso;
y Micifuf, con todos amoroso,
porque le prometieron vasallaje,
hizo luego traer de su bagaje
con mano liberal, peces y queso.
Alegre Zapaquilda del suceso,
mudó el pálido luto en rico traje,
y para celebrar el casamiento
llamaron un autor de los famosos,
que estando todos en debido asiento,
en versos numerosos
con esta acción dispuso el argumento,
dejando alegre en el postrero acento
los ministriles, y de cuatro
en cuatro adornado de luces el teatro.
contra Marramaquiz, gato troyano;
violento sube, aunque oprimido en vano,
a la región elementar el fuego;
inquietan de los aires el sosiego,
con firme agarro de la uñosa mano,
banderas, que con una y otra lista
trémulas se defienden a la vista,
no permitiendo, pues no dejan verse,
que las colores puedan conocerse,
respondiéndose a coros
las cajas y los pífanos sonoros,
y al paso que se alternan
siguiendo el son marcial los que gobiernan.
Y luego los soldados,
de acero y de ante y de valor armados,
agujas del cabello por espadas,
y sólo descubriendo las celadas
por delante mostachos
y por detrás plumíferos penachos,
marchando con tal orden, que la planta
donde el que va delante la levanta,
estampa el que le sigue,
sin que el bastón del capitán le obligue,
y al son de las trompetas resonantes,
las picas a los hombros los infantes,
en quien la variedad y los colores
formaban un jardín de varias flores,
a la manera que el abril le pinta
en cultivada quinta;
las picas de los bravos marquesotes
de varas de medir y de virotes,
y ya de los plebeyos,
baquetas de Babiecas y Apuleyos,
sin escuadras gallardas,
que llevaban en forma de alabardas
aquellos cucharones
con que suelen sacar alcaparrones,
y con las palas, como medias lunas,
las sabrosas de Córdoba aceitunas;
Córdoba, donde nacen andaluces
Góngoras y Lucanos;
y encendidas las cuerdas en las manos,
no de Milán dorados arcabuces
llevaba la lucida infantería,
mas de huesos de piernas de carnero,
que gatos de uno y otro pastelero
trajeron de porfía,
que no fueron de gato de ventero,
sospechosos en tales ocasiones
y de huesos de vaca los cañones
para batir la torre.
Con esto Micifuf el campo corre
y pone cerco al muro,
armado de un arnés cóncavo y duro
de un galápago fuerte,
que sin salir de sí le halló la muerte;
la cabeza adornada
de un sombrero, la falda levantada,
de un trencellín ceñido,
el pasador y hebilla guarnecido,
con pluma verde obscura,
señales de esperanza con tristeza,
aunque la justa causa le asegura;
con tanta gentileza
al caballo arrimaba
la estrella de la espuela,
y con la negra rienda le animaba
a la obediencia del dorado freno,
de espuma y sangre lleno,
que sin tocar los céspedes, volaba.
Ni es nuevo el ver que vuela,
pues que pintan con alas al Pegaso,
volando por las cumbres del Parnaso;
que vemos en Orlando el hipogrifo,
monstruo compuesto de caballo y grifo.
Mas, si dudare alguno de que hubiese
caballos tan pequeños,
pareciéndole sueños,
y a la naturaleza le quisiese
quitar de milagrosa el atributo,
aunque sea sin fruto
la tácita objeción, quedará llana
con irse de aquí a Tracia una mañana
que esté desocupado
de los negocios de mayor cuidado,
y verá los pigmeos,
que en la región de trogloditas feos
también los pone Plinio,
que hizo de estos monstros escrutinio,
y en las lagunas del egipcio Nilo,
otros autores, por el mismo estilo,
que escriben, que trayendo de Etiopía,
donde hay bastante copia,
dos pigmeos a Roma (gente grave),
se murieron de cólera en la nave.
Homero les da patria al mediodía,
con su intérprete Eustacio;
Mela, de Arabia en el ardiente espacio,
que el sol fénix mayores monstros cría,
puesto que, aunque confiese tales nombres,
Aristóteles niega que son hombres.
Ni en su Ciudad de Dios pasó en olvido
el divino africano los pigmeos;
y Juvenal umbrípides los llama,
sin otros que han negado y defendido
esta opinión, que divulgó la fama.
Pero, pues pintan monstros semideos,
que por los montes van de rama en rama,
las poéticas trullas,
diciendo que batallan con las grullas,
no será mucho que haya semihombres.
Estos, con cierta patria y ciertos nombres,
en la misma región caballos tienen,
de donde nuestros gatos se previenen;
que hacer de sólo un codo
hombres naturaleza,
como pintor que muestra la destreza,
a un naipe todo un cuerpo reducido,
y los caballos no del propio modo,
mayor monstrosidad hubiera sido
de su instrumento ilustre y poderoso;
que mal pudiera andar hombre muñeca
en el lomo espacioso
de un gigante Babieca;
así que la objeción no es de provecho,
pues queda el argumento satisfecho;
demás de que el lector puede, si quiere,
creer lo que mejor le pareciere:
porque si se perdiese la mentira,
se hallaría en poéticos papeles,
como se ve en Homero, describiendo
a la casta Penélope, que admira
por los amantes necios y crueles,
tejiendo y destejiendo,
sin dejarla dormir, de puro casta.
Y lo contraria para ejemplo basta,
haciendo deshonesta
Virgilio a Dido Elisa, por Eneas,
como le riñe Ausonio,
aunque logró tan falso testimonio,
menos las aguas que pasó leteas,
donde escribió Merlín, con cuales iras
castigan al poeta las mentiras.
Mas vuelve, ¡oh Musa!, tú, para que pueda
ayudarme el favor de tu gimnasio,
que para lo que queda,
aunque parece poco,
al señor Anastasio
Pantaleón de la Parrilla invoco,
porque de su tabaco
me de siquiera cuanto cubra un taco.
Marramaquiz, aunque lo supo tarde,
había hecho alarde
de sus gatos amigos,
y halló que para tantos enemigos
era su gente poca;
mas, como la defensa le provoca,
las armas al asalto prevenía,
supuesto que tenía
poco sustento para cerco largo;
y cuidadoso de su nuevo cargo,
más triste y desabrido
que poeta afligido,
que ha parecido mal comedia suya,
o bien la de su cómico enemigo,
andaba por la torre,
y viendo que su esposo la socorre,
Zapaquilda, más llena de aleluya,
más alegre, contenta y más quieta
que aquel mismo poeta,
si ha parecido mal, siendo él testigo,
la del mayor amigo.
Prevenido en efeto
de toda defensión y parapeto,
sacó sus gatos, animoso, al muro,
por todas las almenas y troneras,
vestido de banderas,
que en alto y de diversos tornasoles,
eran entre las nubes arreboles;
y coronado de diversos tiros
soldados de valor y archimargiros,
opuestos a la furia del contrario
como se mira altivo campanario
de aldea, donde hay viñas,
para bajar después a las campiñas,
cubierto, por el tiempo de las uvas,
del escuadrón de tordos,
que en aquella sazón están más gordos.
cuando los labradores
limpian lagares y aperciben cubas,
así la negra cúpula tenía
de soldados, de tiros y a tambores
no menos valerosa gatería
Quien viera el pie que el escuadrón ceñía
de Micifuf, y el chapitel armado
de uno y otro gatifero soldado,
dijera que tal vista no fue vista
de Dario ni de Jerjes,
ni tanto perdigón haciendo asperges
en ninguna conquista,
ni la vio Escipión ni el rey Ordoño,
como en Cártago aquél, éste en Logroño,
y aunque entre la de Ostende,
pero sin nobis dómine, se entiende.
Ver tanto gato negro, blanco y pardo
en concurso gallardo
de dos colores y de mil remiendos,
dando juntos maullos estupendos,
¿a quién no diera gusto,
por triste que estuviera,
aunque perdido injustamente hubiera
un pleito, que es disgusto
después de muchos pasos y dineros,
para leones fieros?
Prevenidos, en fin, para el asalto,
mueven a sobresalto
los ánimos valientes
las retumbantes cajas,
previenen uñas y acicalan dientes
calando juntas las celadas bajas,
que en las frentes bisoñas
más eran de sartén que de Borgoñas,
pero en silencio los clarines roncos
que sonaban a modo de zamponas,
puesto a la margen de unos verdes troncos,
que no importa saber de lo que fueron,
de pies en uno Micifuf bizarro,
cuando del sol el carro
que Etontes y Flegón amanecieron,
atrás iban dejando el mediodía,
dijo a su belicosa infantería,
que atenta le escuchaba,
que aunque era gato, Cicerón hablaba:
«–Generosos amigos
de mis afrentas y dolor testigos:
la honra, que los ánimos produce,
a tan ilustre empresa me conduce;
ésta sola me anima;
quien no sabe qué es honra, no la estima.
Miente el que dijo, y miente el que lo estampa
que «un bel fugir tutta la vita escampa»;
pues mejor viene agora,
que «un bel morir tutta la vita honora».
Es la virtud del hombre
la que le inclina a los ilustres hechos;
digna es la fama de valientes pechos.
Hoy habéis de ganar glorioso nombre;
ninguna fuerza ni amenaza asombre
el que tenéis de gatos bien nacidos,
que estos viles alardes
(porque en siendo traidores son cobardes)
ya están medio vencidos
con sólo haber llegado a sus oídos
que yo soy quien os guía.
A Aníbal preguntó Scipión un día
que cuál era del mundo el más valiente,
y él respondió feroz, con torva frente:
–Alejandro el primero,
el segundo fue Pirro y yo el tercero.
Si entonces yo viviera,
cuarto lugar me diera.
Al arma acometed: yo voy delante:
y el no tener escalas no os espante,
que no son necesarias las escalas
si en vuestra ligereza tenéis alas.
Dijo, y vibrando un fresno en la ñudosa
mano, al muro arremete,
y con él mata siete,
Maús, Zurrón, Maufrido, Garrafosa,
Ociquimocho, Zambo y Colituerto,
gatazo que, de roja piel cubierto,
crió la mondonguífera Garrida,
aunque toda su vida
más enseñado a manos y cuajares
que a nobles ejercicios militares.
Mas, son tan eficaces las razones
formadas de los ínclitos varones,
como Alciato escribe, cuando asidos
llevaba de una cuerda de los labios
el anfitrioníades Alcides,
cuantos hombres prestaban los oídos
a la elocuencia de los hombres sabios.
Pero ya los agravios
de Micifuf la guerra comenzaban,
ya los gatos trepaban
la torre por escalas de sus uñas,
más fuertes garabatos
que los de tundidores y garduñas;
ya por la piedra, entre la cal metidas,
sin estimar las vidas,
subían gatos y bajaban gatos,
los unos como bueyes agarrados,
que clavan en las cuestas las pezuñas;
los otros, como bajan despeñados,
fragmentos de edificio que derriban,
que de su mismo asiento se derrumba.
A cual sirven de tumba,
después que del vital aliento privan,
las losas que le arrojan;
a cual de vida y alma le despojan
en medio del camino.
No despide en obscuro remolino
más balas tempestad de puro hielo.
que bajan plomos de la torre al suelo.
Allí murió Galván, allí Trebejos,
que le acertó la muerte desde lejos,
dándole con un cántaro en los cascos,
y otros con ollas, búcaros y frascos.
Así suelen correr por varias partes,
en casa que se quema, los vecinos
confusos, sin saber a donde acudan.
No valen los remedios ni las artes;
arden las tablas, y los fuertes pinos
de la tea interior el humor sudan
los bienes muebles mudan
en medio de las llamas;
estos llevan las arcas y las camas
y aquellos con el agua los encuentran;
estos salen del fuego, aquellos entran;
crece la confusión, y más si el viento
favorece al flamífero elemento.como el alto Júpiter mirase
desde su Olimpo y estrellado asiento
la batalla cruel, de sangre llena,
temiendo que quedase
en competencia tan feroz y airada
la máquina terrestre desgatada,
justo remedio a tanto mal ordena.
«Dioses, no es justo (dijo), que la espada
sangrienta de la guerra
se muestre aquí tan fiera y rigurosa,
aunque es la misma de la griega hermosa,
y que muertos los gatos, esta tierra
se coma de ratones,
porque se volverán tan arrogantes,
que ya considerándose gigantes,
no teniendo enemigos de quien huyan
y el número infinito disminuyan,
serán nuevos Titanes,
y querrán habitar nuestros desvanes».
Con esto luego envía
de obscuras nieblas una selva espesa,
y la batalla cesa,
revuelto en sombras de la noche el día;
y desde aquel, con inmortal porfía,
los unos y los otros prosiguieron,
aquellos en la ofensa,
y estos en la defensa;
pero durando el cerco, no tuvieron
remedio ni sustento los cercados;
tanto, que a Zapaquilda desfigura
la hambre la hermosura,
vueltas las rosas nieve;
por onzas come, por adarmes bebe.
Marramaquiz, que ya morir la vía,
con amante osadía,
pero sin que le viesen los soldados,
salió por un resquicio a los tejados
de una tronera que en la torre había,
para coger algunos pajarillos.
Iba con él Malvillos,
que a este solo fió su atrevimiento,
y por partir la caza del sustento;
y estando ¡oh dura suerte!
acechando a la punta de un alero
un tordo que cantaba,
la inexorable muerte,
flechando el arco fiero,
traidora le acechaba.
¿Qué prevenciones, qué armas, qué soldados
resistirán la fuerza de los hados?
Un príncipe que andaba
tirando a los vencejos
(nunca hubieran nacido
ni el aire tales aves sostenido)
le dio un arcabuzazo desde lejos.
Cayó para las guerras y consejos;
cayó súbitamente
el gato más discreto y más valiente,
quedando aquel feroz aspecto y bulto
entre las duras tejas insepulto;
pero muerto también, como era justo,
a las manos de un cesar siempre augusto.
Llevó Malvillos, pálido, la nueva,
que de su fe y amor llorando en prueba,
se mesaban las barbas a porfía,
como tudescos, muerto el que los guía;
mas, deseando verse satisfechos
del sustento forzoso,
rindieron las almenas y los pechos
al héroe sin victoria victorioso;
y Micifuf, con todos amoroso,
porque le prometieron vasallaje,
hizo luego traer de su bagaje
con mano liberal, peces y queso.
Alegre Zapaquilda del suceso,
mudó el pálido luto en rico traje,
y para celebrar el casamiento
llamaron un autor de los famosos,
que estando todos en debido asiento,
en versos numerosos
con esta acción dispuso el argumento,
dejando alegre en el postrero acento
los ministriles, y de cuatro
en cuatro adornado de luces el teatro.
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