jueves, 18 de junio de 2009

La Gatomaquía, Silva Sexta

Cuando el soberbio bárbaro gallardo
llamado Rodamonte,
porque rodó de un monte
supo que le llevaba Mandricardo
la bella Doralice,
como Ariosto dice,
a diez y seis de agosto,
que fue muy puntual el Ariosto
cuenta que dijo cosas tan extrañas,
que movieran de un bronce las entrañas.
prometiendo arrogante
no ver toros jamás ni jugar cañas,
aunque se lo mandasen Agramante
Rugero y Sacripante;
ni comer a manteles,
ni correr sin pretal de cascabeles,

ni pagar ni escuchar a quien debiese,
porque más el enojo encareciese,
ni dar a censo7 ni tomar mohatra
ni pintar con el áspid a Cleoplatra.
Y lo mismo decía, cuando el rapto
de Elena fementida,
el griego rey Atrida
contra el pastor para traiciones apto,
que dio en el monte Ida

en favor de Acidalia la sentencia;
que hay muchas de la Vera de Plasencia,
que vienen más tempranas,
si las hacen los ojos
de juveniles bárbaros, antojos;
que aun no repara en canas
esto que todos llaman apetito,
y más donde no tienen por delito
que la santa verdad corrompa el premio
Mas, todo este prohemio
quiere decir, en suma,
aunque era campo de extender la pluma,

lo que el valiente Micifuf, oyendo
el suceso estupendo
del robo de su esposa,
Elena de las gatas,
dijo con voz furiosa,
cuando galán venía a desposarse,
tan imposible ya de remediarse.
De las tremantes ratas
fugitivo escuadrón con pies ligeros
temeroso ocupó los agujeros,
y arrojando la gorra,
que fue de un ministril de Calahorra,
hizo temblar la tierra,
a fuego y sangre prometiendo guerra.
Ferrato, ya perdida la esperanza,
mesándose las barbas y cabellos
blancos, que nunca blancos fueron bellos,
culpaba su tardanza,
porque las dilaciones
pierden las ocasiones,
porque en la calva tienen un copete

que sólo se le coge el que acomete,
porque aguardar a que la espalda vuelva,
es seguir un venado por la selva,
que alcanzarle no fuera maravilla
quien le fuera siguiendo por la villa.
Micifuf la tardanza disculpaba
con que lejos vivía
el zapatero que esperando estaba

(¡oh cuántos males causa un zapatero!)
y que después calzarle no podía,
aunque los dientes remitiese al cuero,
las botas justas, que con calza larga
era la gala entonces, que por fresco
dicen autores que mató al griguiesco
por quitar la opresión de tanta carga.
¡Oh quién para olvidar melancolías
de las que no se acaban con los días,
un gato entonces viera
con bota y calza entera!
Pero ¿dónde me llevan niñerías,
que en Italia se llaman bagatelas,
ingiriendo novelas
en tan funestos casos,
más dignos de Marinos y de Tasos
que de Helicona son solos y solos,
que de mis versos rudos españoles?
Lloraba Micifuf, lloraba fuego,
que fuego lloran siempre los amantes,
arrojando los guantes,
a quien los cultos llaman quirotecas
(¡oh bien hayan Illescas y Vallecas!),

sin admitir un punto de sosiego,
como en París el moro, en Troya el griego.
No suele de otra suerte pasearse
quien tiene algún extraño desconcierto,
sin que pueda apartarse
del negocio que trata,
pálido el rostro, de sudor cubierto,
como ya por su honor, ya por su gata,
inquieto Micifuf se condolía
por dilatar de la venganza el día.
En tanto, pues, que amigos y parientes
consultaban el modo
cómo acabar del todo
agravios tan infames y insolentes,
Marramaquiz estaba
solicitando el pecho
de Zapaquilda, de diamantes hecho,
que en la dura prisión perlas lloraba,
a guisa de la aurora,
que parece más bella cuando llora;
que la mujer hermosa,
cuando baña la rosa
de las mejillas con el tierno llanto,
aumenta la hermosura,
si no da voces y en el llanto dura.
Marramaquiz, en tanto,
produciendo concetos
de su locura efetos,
ya en prosa ya en poesía,
desvelado la noche y triste el día,
se alambicaba el mísero celebro.
No dejaba requiebro

que no imitase tierno a los orates,
que el mundo amantes llama,
y de la tierna dama
amores y cariños,
hasta los disparates
que les dicen las amas a los niños
cuando les dan el pecho las mañanas,
con intrínseco amor diciendo ufanas:
«mi rey, mi amor, mi duque, mi regalo,
mi Gonzalo», mas esto solamente
si se llama Gonzalo,
porque fuera requiebro impertinente
si se llamara Pedro, Juan o Hernando;
que convienen las flores con los frutos,
y a las cosas también sus atributos.
Estaba el sol apenas matizando
las plumas de las alas de los vientos,
dando a los dos primeros elementos
esmeraldas al uno, al otro plata,
cuando salía por su amada gata
al soto de Luzón, el triste amante,
sin respetar el arcabuz tonante,
a buscar el gazapo entre las venas
de la tierra, que apenas
salir al campo osaba,
y de una manotada le pescaba.
No había pez ni pieza

de vaca en la cocina,
que en volviendo Marina
a buscar otra cosa la cabeza,
no caminase ya por los tejados
para el dueño cruel de sus cuidados;
tan ligero –y veloz, tan atrevido,
que no paraba, sin hacer ruido,
hasta sacar la carne de la olla,
del asador la polla,
aunque sacase, por estar ardiendo,
O pelada la mano o con ampolla,
fufú, fufú diciendo.
¡Oh amor! ¡Oh cuantas veces
de la misma sartén sacó los peces,
sin cuchares de hierro ni de plata!
Y la cruel, a más amor, más gata.
–«¿Es posible (decía
con lastimosas quejas),
¡oh más dura que mármol a mis quejas!
(porque el gato las églogas sabía),
y al amoroso fuego que me enciende
más helada que nieve, Galatea?,
¿que de mi fuego el hielo te defiende
dése pecho cruel, que me desea
la muerte, que antes sea
la de tu Adonis Micifuf cobarde,
que gozarás, cruel, o nunca o tarde;
que no te duelen tantas penas mías,
ni el verte tantos días
cautiva en esta torre,
que ni te viene a ver ni te socorre,

que para aborrecerle te bastaba?
Micilda me buscaba,
Micilda me quería;
por ti la aborrecía,
siendo gata de bien, siendo estimada
por honesta doncella y retirada
de amigas, de papeles y paseos,
que clandestinos trazan himeneos.
¿Qué no dejé por ti, que te has casado
con un gato afrentado? Que si fuera
afrenta entre los hombres el ser gato,
que la costumbre toda ley altera,
sólo éste fuera gato, por ingrato».
–«No te canses (la gata respondía

con ojos zurdos de Nerón romano),
Marramaquiz tirano,
que siendo, como es, justa mi porfía,
ni he de temer tus daños
ni me podrás vencer con tus engaños».
–«¿Qué obstinación, qué furia
te obliga, Zapaquilda, a tanta injuria?
Mira que la nobleza
de tu celoso amante,
siendo tan arrogante,
a su misma cruel naturaleza
se rebela, teniéndote respeto,
añadiendo al ser noble el ser discreto».
Este apostrofe ha sido
justamente advertido
a la gata cruel, desamorada,
por lo que a los retóricos agrada,
que adornan la oración con voces puras,

y sacan un retablo de figuras
que cuanto a mí, jamás me atravesara
con gente de uñas y de mala cara.
Ya Micifuf en casa de Ferrato
juntaba deudos, procuraba amigos,
de su dolor testigos,
acusando el cruel, bárbaro trato
del común enemigo, que este nombre
como al turco le daba,
y porque más de su maldad se asombre,
el robo de su esposa exageraba;
que cada cual en su dolor y pena
hasta una gata puede hacer Elena.
Estando, pues, sentados en secreto,
en el zaquizamí de su posada,
dijo a la noble junta lastimada
con triste voz, de su desdicha efeto:
–«Aquel justo conceto
que de vuestro valor tengo formado
me excusa de retóricos ambajes;
amigos y parientes,
si estuvistes presentes
a la dura ocasión de mi cuidado,
de que tan tarde me avisaron pajes;
que siempre llegan tarde los avisos
a los que son para su bien remisos.
¿Con qué podré moveros?
¿Con qué podré obligaros?
O ¿qué podré deciros,
que pueda enterneceros,
que pueda provocaros,

si no son los suspiros,
medias voces del alma,
cuando con el dolor la lengua calma?
Este, que aquí no explico,
está diciendo el pálido semblante
lo que con muda lengua significo,
pues cuando más la encumbre y adelante,
más corto he de quedar; que los enojos
remiten la retórica a los ojos;
que la muda tristeza muchas veces
el Démostenos fue de la elocuencia,
y más donde son sabios los jueces,
que excusan de captar benevolencia,
pues no pudiera en Grecia, en su Liceo,
ver más doctrina que en vosotros veo.
Todos Platones sois; todos Catones;
más podrá la razón que las razones.
Yo vine, provocado de la fama,
a ver de Zapaquilda la hermosura,
por alta mar, del hado conducido,
donde mis ojos encendió su llama,
fuego de fénix, que a los siglos dura,
opuestos a la muerte y al olvido.
Si fui favorecido.
si agradeció mi amor y pensamiento,
bien lo dice el tratado casamiento,

pues que nos veis con la ocasión perdida,
ella sin libertad y yo sin vida.
Cortés la quise, sin violencia alguna,
que nunca fue violenta la fortuna.
Cuando pagó mi amor, yo no sabía
como quien era gato forastero.
que este tirano a Zapaquilda amaba;
con esto la primera luz del día,
y con ella su cándido lucero,
en mis ojos brillaba
primero que en las flores,
a su ventana repitiendo amores.
Allí también en su primera estrella
la noche me buscaba divertido,
adorando las tejas
de sus balcones rejas,
y dulce elevación de mi sentido,
hasta que hablar con ella,
envidioso, traidor y fementido,
me vio, en su celosía,
donde probó mi amor, su valentía.
Resultó la prisión, y es tan villano,
que ha, engañado a Micilda,
y dándole su fe, palabra y mano
de que será su esposo,
siendo cumplirla el acto más honroso,
cuando me vio casar con Zapaquilda,
en afrenta de todos sus parientes
y amigos, que presentes
estuvieron atónitos al caso,
echando los más graves por la tierra,
como estaban de boda y no de guerra,

padeciendo mi sol tan triste ocaso,
se la llevó con atrevido paso,
celoso el corazón, la vista airada,
hiriendo a quien delante se le puso;
tanto, que con Garraf de una patada
los botes y redomas descompuso
de un boticario que vivía enfrente;
y como de repente
en un perol cayese desde un banco,
todo le revistió de ungüento blanco;
vertió una melecina;
y paró medio muerto en la cocina
en ocasión tan dura,
en ocasión tan triste,
que es mármol quien las lágrimas resiste.
Mas, quiero epitomar mi desventura:
mi esposa me han robado;
sin honra estoy». Aquí, si no fue mengua,
fue el silencio la voz, los ojos lengua,
porque la grave pena,
cortando la razón, dejóle mudo
Enternecióse el ínclito senado,
haciendo propia la desdicha ajena,

luego que vio que proseguir no pudo,
y respondió Panzudo,
un gato venerable de persona,
aunque pelado de cabeza estaba,
cosa que a muchos buenos acontece;
si bien esto no fue lo que parece
cuando a un amante viene la pelona
mas, golpe que le dio cierta fregona,
que de un menudo que lavar pensaba,
cuando menos atenta le miraba,
asido del principio de una tripa,
que a la vista las manos anticipa,
la fue desenvolviendo hasta el tejado,
como cordel de un cabo y otro atado,
del ovillo de sebo el laberinto;
y cada cual de todos participa
deste dolor, como si propio fuera;
dijo, con el semblante mesurado,
en prudentes palabras desatado:
–«Con justa causa Micifuf espera
verse favorecido.
y vengado también del atrevido
que le robó su esposa:
fatal desdicha de mujer hermosa».
Y respondió Tomillo,
propia razón de gato mozalvillo:
«–Por mí ya lo estuviera,
porque con estas uñas se le diera».
Pero Zurrón, que le miraba enfrente,
le dijo: –«Con un gato el más valiente
que han visto los tejados de la villa,
mejor es, a la usanza de Castilla,

escribirle un papel de desafío.
–«No es éste el voto mío
(Garrullo replicó) ni que se intente
venganza de victoria contingente;
que siempre ha estado en varias opiniones
si ha de haber desafío en las traiciones.
Soy de voto que tome el agraviado
un arcabuz, y aguarde
al gato más valiente o más cobarde,
castigo del que vive descuidado
sin miedo del que agravia,
y propio efecto de la noche obscura».
–«Si se pudiera ejecutar segura
fuera venganza sabia
(dijo Chapuz valiente,
gato de buenas partes)
mas, son tantas las artes
dése Marramaquiz, gato insolente,
que no dará ocasión que se ejecute,
por mucho que la noche el rostro enlute,
y de mi parecer, mejor sería
querellarse del robo y castigalle
por términos jurídicos y dalle
muerte que corresponda a la osadía».
–«Dirán que es cobardía
(Trebejos replicó), ni esa querella
está bien al honor de una doncella,
que es poner su defensa en opiniones
que se averigua mal con las razones
aquello que la causa pone en duda,
que no hay para mujeres lengua muda;
que ha dado el mundo en bárbaras querellas,

no pudiendo excusar el nacer dellas.
Pleitos aun no son buenos para gatos,
porque es gastar la vida y la paciencia;
no hay que tratar de tratos ni contratos,
ni andar en pruebas ni esperar sentencia.
Si aquesta injuria ha de quedar vengada,
remítase a la pólvora o la espada.
–«Bien dice (respondió Raposo, haciendo
debido acatamiento al gran senado)
Trebejos, y no es justo,
aunque se pruebe lo que estáis diciendo
y quede a vuestro gusto sentenciado,
que deis al pueblo gusto,
al teatro sacando neciamente
un gato, con capuz y caperuza;
y no menor locura que se intente,
no siendo Micifuf el moro Muza,
tratar de desafíos,
con quien sabéis que tiene tantos bríos.
Perdóneme Zurrón; Chapuz perdone;
y aunque la edad le abone
me perdone Panzudo,
si de su parecer mi intento mudo;
que el mío es juntar gente
para tan grave empresa conveniente,
y formando escuadrones
de caballos y armada infantería,

de toda la parienta gatería,
hacer guerra al traidor, cercar la tierra,
y asestándole tiros y cañones,
batirle la muralla noche y día,
hasta saber qué gente le socorre;
porque si el campo Micifuf le corre,
y el sustento le quita,
y que deje la plaza necesita,
o en forma de batalla asalta la muralla,
él se dará a partido,
o le castigaréis siendo vencido.
Sacad banderas, pues; toqúense cajas,
haciendo las baquetas
los pergaminos rajas;
terciad las picas disparad cometas
que así cobró su esposa, en Troya, el griego,
publicando la guerra a sangre y fuego.
Calló Raposo, y luego, del senado
el voto conferido
en la guerra quedó determinado,
por ser de todos el mejor partido,
más justo y más honroso
y dando Micifuf, como era justo,
los brazos y las gracias a Raposo,
brotando humor adusto,
a hacer la leva de la gente parte.
Perdona, Amor, que aquí comienza Marte,
y sale Tisifonte
a salpicar de fuego el horizonte;
suspende entre las armas los concetos:
pues das la causa, escucha los efetos.

martes, 2 de junio de 2009

La Gatomaquía, Silva Quinta

¡ Oh tú, don Lope! si por dicha ahora
por los mares antárticos navegas,
o surto en tierra, cuando al puerto llegas,
preguntas a la aurora
qué nuevas trae de la bella España,
donde tus prendas amorosas dejas,
y por regiones bárbaras te alejas;
o miras en los golfos
de la naval campaña,
por donde vino Júpiter a Europa,
encima de la popa,
sin velas de Mauricio ni Rodolfo,
más traidores que fue Vellido de Olfos,
sereno el rostro en la dormida Tetis
de la airada Anfitrite,

más que en Sevilla corre humilde el Betis,
cuando a la mar permite
la luna barquerola,
no por las nubes de color de Angola,
una punta a la tierra y otra al cielo
de pocas luces salpicando el velo,
escucha en voz más clara que confusa
mi gatífera musa,
y no permitas, Lope, que te espante
que tal sujeto un licenciado cante
de mi opinión y nombre,
pudiendo celebrar mi lira un hombre
de los que honraron el valor hispano,

para que al resonar la trompa asombre
Arma virumque cano,
que, como no se usa
el premio, se acobarda toda musa;
porque si premio hubiera,
del Tajo la ribera
oyera en trompa bélica sonora
divinos versos hijos de aurora.
Por eso quiere más que ver ingratos,
cantar batallas de amorosos gatos,
fuera de que escribieron muchos sabios
de los que dice Persio que los labios
pusieron en la fuente Cabalina,
en materias humildes grandes versos.
Mira si de Virgilio fueron tersos,
cuya princesa pluma fue divina
cuando escribió el Moreto que en la lengua
de Castilla decimos Almodrote,
sin que por él le resultase mengua,
ni por pintar el picador Mosquito.

Y ¿quién habrá que note,
aunque fuese satírico Aristarco,
de Ulises el dialogo a Plutarco?
La calva en versos alabó Sinesio,
gran defecto Tartesio,
quiere decir que hay calvos en España
en grande cantidad, que es cosa extraña,
o porque nacen de celebro ardiente.
Y también escribió del transparente
camaleón Demócrito;
y las cabañas rústicas Teócrito;
y tanta filosófica fatiga
Diocles puso en alabar el nabo,
materia apenas para un vil esclavo;

el rábano Marción; Fanias, la ortiga;
y la pulga don Diego de Mendoza,
que tanta fama justamente goza.
Y si el divino Hornero
cantó con plectro a nadie lisonjero
la Batracomiomaquia,
¿por qué no cantaré la Gatomaquía?
Fuera de que Virgilio conocía
que a cada cual su genio le movía.
Ya todo prevenido
para el tálamo estaba,
y el día estatuido,
la posesión llamaba
a la esperanza de los dos amantes;
mas, muchas veces con peligro toca
el vidrio lleno de licor la boca;
alegres los vecinos circunstantes,
convidados los deudos y parientes,
y escrito a los ausentes;
que en tales ocasiones, más atentos
están, que a la verdad, los cumplimientos
Sólo Marramaquiz, gato furioso,
lamentaba celoso
sus penas y cuidados
por altos caballetes de tejados,
en que su voz resuena,
cual suele por las selvas filomena
que ha perdido su dulce compañía,
con triste melodía,
esparcir los acentos de su pena,
trinando la dulcísima garganta,
que a un tiempo llora y canta;
o como perro braco
que ha perdido su dueño,
o flamenco o polaco,
que ni se rinde al sueño
ni el natural sustento solicita,
aunque en cantar no imita
el ruiseñor suave,
que una cosa es el perro y otra el ave,
y a cada cual su propio oficio cuadra,
porque si canta el ave, el perro ladra.
Tenía ya Ferrato
en un zaquizamí curiosamente
la sala aderezada
de uno y otro retrato
de belicosa cuanto ilustre gente;
que las efigies, son, de los mayores,
el más heroico ejemplo,

de la perpetuidad glorioso templo,
como se ve del Tarbolán y Eneas
y en Calvo el de las fuerzas gigantas,
en Juan de Espera en Dios y el Transilvano,
en Pirro griego y Scévola romano
Allí estaba Gafurio,
que ganó la batalla de las monas,
de grave gesto y de nación ligurio,
y otros gatos, con cívicas coronas
navales y murales,

y al laurel de los cesares iguales.
No faltaban el Túrnire y el Mocho,
ni con él, descolado, Hociquimocho,
que asistía en las casas del cabildo,
y, el armado, Muñido,
más de valor que acero,

ni Garavillos, gato perulero.
Estaba el rico estrado
de dos pedazos de una vieja estera
hecha la barandilla,
de ricas almohadas adornado
en tarimas de corcho, y por de fuera
el grave adorno de una y otra silla,
con tanta maravilla,
que si un culto le viera,
es cierto que dijera,
por únicos retóricos pleonasmos
pestañeando asombros, guiñó pasmos.
Ya las sombras, cayendo
de los mayores montes
a los humildes valles,
enlutaban los claros horizontes,
y el mecánico estuendo
en las vulgares calles
cesaba; a los oficios,
tráfagos y bullicios
encerraba el silencio en mudos pasos,
y a diferentes casos

la ronda y los amantes prevenían
las armas que tenían,
cuando a la luz huyendo la tiniebla,
de alegres deudos el salón se puebla.
Vino Clavillo, de fustán vestido,
de patas de conejos guarnecido,
griguiesco y saltambarca,
más amante Laura que el Petrarca,
por una gata de este nombre propio,
aunque parezca en gatos nombre impropio;
pero si llaman a una perra Linda,
Diana, Rosa, Fátima y Celinda,
bien se puede llamar Laura una gata
de pie bruñida como tersa plata.

Maús, de bocací, trajo griguiesco,
cuera de cordobán, gorrón tudesco,
y de negro con mucha bizarría,
Zurrón, gato mirlado,
de medias y de estómago colchado
Ranillos, que bajó de Andalucía
de conejo en conejo,
por la Sierra Morena
a ver del Tajo la ribera amena,
con el cano Alcubil, su padre viejo;
Gruñillos y Cacharro,
la nata y flor del escuadrón bizarro;
Marrullos y Malvillo,
uno de raso azul y otro amarillo;
Garrón, Cerote y Burro,
gatos de un zapatero.
Mas, ¿para qué discurro
con verso torpe y proceder grosero,
cuando lo menos de lo más refiero,
si me aguardan las damas, que aquel día
mostraron cuidadosa bizarría ?
Vino Miturria bella,
Motrilla y Palomilla,
la flor de la canela y de la villa,
y cada cual en la opinión doncella,
cosa dificultosa,

por eso es bien que la mujer hermosa,
cuando honesta se llama,
tenga por obras el perder la fama.
Y entre todas fue rara la hermosura
de la bella y discreta Gatifura,
y vestida de nácar Zarandilla,
la gata más golosa de Castilla.
Ocupadas las sillas y el estrado,
salió Trebejos, gato remendado,
y sacando a la bella Gatiparda,
comenzaron los dos una gallarda,
como en París pudiera Melisendra;
y luego, con dos cáscaras de almendra
atadas en los dedos, resonando
el eco dulce y blando,
bailaron la chacona
Trapillos y Maimona,

cogiendo el delantal con las dos manos,
si bien murmuración de gatos canos.
Mas, ya musas, es justo,
que me deis vuestro aliento y vuestro gusto
canoro, si, mas claro,

que parezca de un nuevo Sanazaro;
denme vuestros cristales en los labios.
que de ignorantes me los vuelvan sabios,
que Zapaquilda de la mano sale
de doña Golosilla, su madrina.
saya entera de tela columbina
de perlas arracadas,
en listones de nácar enlazadas;
la cabeza, de rosas primavera,
más estrellada que se ve la esfera;
el blanco pelo, rubio a pura gualda,
y un alma en cada niña de esmeralda,
de cuyos garabatos
colgar pudieran las de muchos gatos;
chapines de tabí, con sus virillas,

entre una y otra descubriendo espacios,

de la roja color de los topacios,
de nuestra edad y siglo maravillas,
que lo que ser solía
un medio celemín con ataujía,
un pirámide es hoy de tela de oro,
y cuesten sus adornos un tesoro,
que ponen miedo de casarse a un hombre,
subiendo el dote a un número sin nombre
si piensa sustentar traje tan rico.
Sentóse al fin, mirlándose de hocico,
y prosiguió la fiesta de la danza,
contra la posesión de la esperanza.
mas, ¡quién dijera que saliera incierta!
Marramaquiz, entrando por la puerta,
vencido de un frenético erotismo,
enfermedad de amor o el amor mismo.
Suspenso y como atónito el senado

de ver de acero y de furor armado
un gato en una boda,
donde es propia la gala y no el acero,
alborotóse todo;
y Zapaquilda, viéndole tan fiero,

humedeció el estrado, y con mesura
comunicó su miedo a Catafura,
si bien consideraba
que entonces Micifuf ausente estaba,
porque sólo esperaban que viniese,
y que la mano práctica le diese,
de que ya la teórica sabía,
que confirmase tan alegre día.
En esta suspensión, todos turbados,
Marramaquiz abrió los encendidos
ojos, vertiendo de furor centellas;
los dejó temerosos y admirados,
y imprimiendo esta voz en sus oídos
al aliento feroz de sus querellas:
«Villanos, descorteses,
más falsos y traidores
que moros y holandeses,
porque siendo fautores,
no sois en las maldades inferiores;

escuadrón de gallinas,
junta de gatos viles,
que no de bien nacidos;
bajos habitadores de cocinas,
entre asadores, ollas y candiles,
donde, como a cobardes y abatidos,
la más humilde esclava os apalea,
no trocando jamás la chimenea
por la guerra marcial y sus rebatos;
lamiendo lo que sobra de los platos,
y durmiendo el invierno, cuando eriza
los cabellos el hielo,
revueltos en la cálida ceniza,
hasta que ardiente el sol corona el cielo:
yo soy Marramaquiz; yo soy, villanos,
el asombro del orbe,
que come vidas y amenazas sorbe;
aquel de cuyos garfios inhumanos,
león en el valor, tigre en las manos,
hoy tiemblan justamente

las repúblicas todas
que desde el Norte al Sur por varios mares
mira de Febo la dorada frente,
y el que ha de hacer que tan infames bodas
y con tantos azares,
sean las de Hipodamia,
está en vosotros resultando infamia».
¡Oh musas! Este gato había leído
a Ovidio, y por ventura,
de la fábula de Hércules quería
el ejemplo tomar, pues atrevido
Hércules se figura,
y los gatos centauros, que aquel día
murieron a sus manos;
porque no fueron pensamientos vanos
los de sus celos locos,
pues de sus manos se escaparon pocos,
llamándolos traidores Mauregatos,
que levantando una cuchara de hierro,
a eterno condenándolos destierro,
fue Taborlán de gatos,
haciendo más estragos su arrogancia,
que en Cartago y Numancia

el romano famoso.
A un gato que llamaban el Raposo,
más que por el color, por el oficio,
la cara, que no tuvo reparada,
quitó de una valiente cuchillada,
imposible quedando al beneficio;
y de un revés que sacudió a Garrullo,
dio el último maullo;
cortó una pierna al mísero Trebejos,
gran cazador de gansos y conejos;
desbarató el estrado,
que pensaron guardar gatos bisónos,
con cuchares de palo por espadas,
que de galas quedó todo sembrado,
naguas, jaulillas, guantes, ligas, moños,
rosetas, gargantillas y arracadas,
chapines, orejeras y zarcillos;
y porque defendió llegar Malvillos
a robar a la novia, dio dos cabes,
como Hércules a Licas,

y quebrantó con él a dos boticas,
desde una claraboya,
cuanto componen purgas y jarabes.
Ni a vista de sus naves
fue más furioso Aquiles cuando en Troya
le dijeron la muerte de Patroclo,
ni con mazo y escoplo
tantas astillas quita el carpintero
como vidas quitó celoso y fiero;
ni más sangriento Nero
la mísera plebeya
gente miró quemar desde Tarpeya.
En fin, llegando donde ya tenía
Zapaquilda la vida por segura,
le dijo: «Tente, ¿dónde vas, perjura?»
Ella temblando, respondió turbada:
«Huyendo el filo de tu injusta espada,
que se quiere vengar de mi inocencia
con tan fiera insolencia,
quitándome mi esposo;
pero yo me sabré quitar la vida,

Polifemo de gatos».
«–Ojos hermosos siempre y siempre ingratos
(le respondió furioso),
¿desa manera habláis en mi presencia?
¡Oh gata, la más loca y atrevida!
Yo sólo soy tu esposo, fementida;
y al villano que piensa que a sacarte,
con este casamiento, será parte,
destas enamoradas uñas mías,
que vencen las arpías,
verás, si no me huye,
y el bien que me quitó me restituye,
cómo le mato, y desollando el cuero

le vendo para gato de dinero».
«–Si tú (le respondió) mi dulce esposo
me matares tirano,
yo con mi propia mano
me quitaré la vida».
Furioso entonces, sobre estar celoso,
de donde estaba, ¡ay mísera!, escondida,
trasladóla a sus brazos, inhumano,
cual suele hiedra, a los del olmo asida,
trepar lasciva a la pomposa copa,
vistiendo el tronco de su verde ropa,
de tiernos lazos y corimbos llena.
Así París robó la bella Elena,
las naves aguardando, en la marina;

y así fiero Plutón a Proserpina
Ella entonces llamaba
a Micifuf a voces,
que no la oía, porque ausente estaba.
Al fin, tirando coces,
se le cayó un zapato;
mas, ni por eso se dolió el ingrato,
viendo correr las lágrimas por ella;
y él, corriendo con ella,
que ni deudo ni amigo la socorre,
la puso de su casa en una torre,
como tuvo Galván a Moriana
Tal es del mundo la esperanza vana,
porque quien más en los principios fía
no sabe donde ha de acabar el día.