miércoles, 20 de mayo de 2009

La Gatomaquía, Silva Cuarta

Quien dice que el amor no puede tanto,
que nuestro entendimiento
no puede sujetarle, es imposible
que sepa qué es amor, que reina en cuanto
compone alguna parte de elemento
en el mundo visible.
¡Oh fuerza natural incomprensible!,
que en todo cuanto tiene
una de las tres almas,
a ser el alma de sus almas viene
¿Quién no se admira de mirar las palmas
en la región del África desnuda,
cuando su fruto en oro el color muda,
con solo aquel ardor vegetativo
amarse dulcemente?
Que en lo demás que siente,
no es mucho que de amor el fuego vivo
imprima sentimiento
y natural deseo
con lazos de pacífico himeneo.
La fiera, el ave, el pez en su elemento,
todos aman y quieren
por la razón de bien, lo que es amable,
pues ama lo que es sólo vegetable.

Si de ningún sentido, el bien infieren,
entre las cosas que por él adquieren
algún conocimiento
(perdonen cuantas aves y animales
de su distinto gozan elemento),
ningunas son iguales
en amor a los gatos,
exceptando las monas,
que hasta en esto se precian de personas,
y ya que no en esencia, en ser retratos;
porque acontece con el hijo al pecho
abrazalle con lazo tan estrecho,
que le hacen exhalar la sensitiva
alma vital. Así el amor les priva,
que fue en la estimativa conocido
del natural sentido;
y si por opinión crítico alguno
tiene que amor tan loco
no puede haber en animal ninguno,
váyase poco a poco
al africano Tetuán, adonde
verá cómo, a los árboles trepando
está del hombre semejanza propia,
de que hay allí gran copia,

ya sale con el hijo ya se esconde.
y a los que van y vienen caminando,
con risa de monesco regocijo,
muestra el peloso hijo.
Mas, fuera disparate,
si no es que en ellas trate,
ir, por ver una mona,
hasta el África un hombre;
que si de Tito Lívio llevó el nombre
muchos hombres a Roma, fue corona
de los historiadores;
que sólo aquellas cosas superiores.
dignas por fama de admirable espanto
es bien que cuesten tanto,
como ver a Venecia...

perche qui non la vede non la precia;
que al cielo desde el agua se avecina,
y en góndolas por coches se camina,
Los gatos, en efeto,
son del amor un índice perfeto,
que a los demás prefiere,
y quien no lo creyere,
asómese a un tejado
con frías noches de un invierno helado,
cuando miren las hélices nocturnas
las estrelladas urnas
del frígido Acuario;
verá de gatos el concurso vario,
por los melindres de la amada gata,
que sobre tejas de escarchada plata
su estrado tiene puesto,
y con mirlado gesto
responde a los maullos amorosos
de los competidores,
no de otra suerte, oyendo sus amores,
que Angélica la bella
de Ferragut y Orlando,
amantes belicosos,
cuando andaban por ella
sin comer y dormir acuchillando
franceses y españoles,
de que no se le dio dos caracoles
¿Qué cosa puede haber con que se iguale
la paciencia de un gato enamorado,
en la canal metido de un tejado,
hasta que el alba sale,
que en vez de rayos coronó el oriente
de carámbanos frígidos la frente?
Pues sin gabán, abrigo ni sombrero
Febo oriental le mirará primero
que él deje de obligar con tristes quejas
las de su gata rígidas orejas
por más que el cielo llueva

mariposas de plata cuando nieva?
Mas, dejando cansadas digresiones
que el Retórico tiene por viciosas,
aunque en breves paréntesis gustosas,
presos los dos gatiferos campiones,
por no querer hacer las amistades
y responder soberbias libertades,
dicen que Zapaquilda
y la bella Micilda
tapadas de medio ojo,
con sus mantos de humo,

que es llegar a lo sumo
de un amoroso antojo,
fueron a ver sus presos;
que en tanta autoridad tales excesos
parecen desatino.
En fin, Micilda enamorada vino,
con que toda objeción amor responde;
así la infanta doña Sancha al conde
Garcí Fernández, preso, visitaba,
en la escura prisión del rey su padre,
dicen que con deseos de ser madre,
que había días que sin él estaba.
Cada cual de las dos imaginaba
que la otra venía
por el que ella quería,
y con este engañado pensamiento,
que nunca tienen mucho fundamento
los celos, comenzaron a mirarse
en manifestación de sus enojos,
tirándose relámpagos los ojos.
¡Oh quién las viera entonces levantarse
sobre los pies derechas,
a ver si eran verdades las sospechas,
y de ser descubiertas recatarse;
condición de los celos, esconderse,

quererse declarar, y no atreverse!
Que como son desprecio del paciente,
huye de que se entienda lo que siente,
que amor siempre se tuvo por nobleza,
y los celos por acto de bajeza,
como si amor pudiese estar sin celos,
que más pueden estar sin sol los cielos;
testigo Juno y Procris a quien llora
Céfalo por los celos de la Aurora.
En fin, después de sufrimiento tanto,
quitó Micilda de la cara el manto
a la siempre celosa Zapaquilda,
y ella, echando las uñas a Micilda,
con el rebozo, el moño.
No suele por los fines del otoño
quedar la vid ñudosa en los sarmientos
de los marchitos pámpanos robada,
sin resistencia a los primeros vientos
que con nevado soplo y boca helada
Cierzo dejó cadáver, con la fiera

mano que floreció la primavera,
como las dos quedaron en la rifa;
ni Fátima y Jarifa
por el abencerraje Abindarráez,
ni por Martín Peláez,
que del Cid heredó la valentía,
doña Urraca y María de Meneses,
aquella a quien pedía
con palabras corteses
las nueces su galán, si no bailaba,
así celoso amor las provocaba.
En fin, a puros tajos y reveses
de las rapantes uñas aguileñas,
desmoñadas las greñas
y el solimán raido,
quedaron desmayadas sin sentido,
haciendo cada cual la gata – morta.
No fue con esto la prisión más corta;
pero salieron della finalmente;
que el tiempo, con los bienes o los males,
dejando siempre atrás todo accidente,
que fue final acción de los mortales,
vuela sin detenerse,

dejándose llegar para perderse.
Así pasó la gloria de Numancia
y la brava arrogancia
de la fuerte Sagunto,
porque la tierra toda es solo un punto
de la circunferencia de los cielos.
¿Pero qué desatino de las musas
me lleva a tan extrañas garatusas?
Las iras del amor y de los celos
pasaron adelante
en uno y otro amante;
pero Marramaquiz, aconsejado
de sus amigos, remitió el cuidado
al amor de Micilda;
mas, como el que tenía a Zapaquilda
era del alma verdadero efeto,
aunque disimulada a lo discreto,
andaba triste y de congojas lleno.

¡Mísero del que vive en cuerpo ajeno
y por un amoroso desvarío
pierde la libertad del albedrío,
que no la compra el oro,
porque es de todos el mayor tesoro!
Tenía las mandíbulas de suerte,
que era un retrato de la muerte fiera,
aunque es yerro pintarle calavera,
porque aquella es el muerto y no la muerte
La Muerte ha de pintarse una figura
robusta, de cruel semblante airado,
los fuertes pies en una piedra dura,
si no sepulcro en pórfido labrado,
con reyes y monarcas,
hasta el que calza rústicas abarcas;
damas que sujetaron capitanes
y en ásperas naciones,

por bárbaras regiones
de fieros mamelucos y soldanes,
y pintadas al uno y otro lado
la enfermedad, la guerra y la desgracia,
parcas que tantas muertes han causado
por tantos deconciertos,
que huesos ya no es muerte, sino muertos.
No aprovechaba la hermosura y gracia
de Micilda a quitar al pobre amante
la memoria tenaz, que Amor escribe
con la flecha cruel en el diamante

del alma donde vive,
y compitiendo con el tiempo quiere
que viva en ella cuando el cuerpo muere.
En estos medios Micifuf intenta,
a su competidor viendo remoto,
por medio de Garullo, su compadre,
que había sido gato en una venta,
pedirla por mujer a Ferramoto,
de Zapaquilda padre.
Propúsole Garullo
con prudente maullo
las partes de su amigo,
como dellas testigo,
sin otras consecuencias
que atajaban celosas diferencias.
Ferramoto era un gato
de buen entendimiento y de buen trato,
cano de barba y negro de pellejo;
persona que en la verde primavera
de sus años, jamás en la ribera
de Manzanares se le fue conejo,
porque sirvió de galgo
a cierto pobre y miserable hidalgo,
que con él se alumbraba,
y de suerte de noche relumbraba,
que pensando una moza que eran lumbre
las niñas de sus ojos, que brillantes
en la ceniza estaban relumbrantes,
yendo al hogar, como era su costumbre,
sin pensar darle enojos,
le metió la pajuela por los ojos.

Nunca, sin esto, gato marquesote
oposición le hizo.
Oyó de buena gana lo propuesto
y del novio galán se satisfizo;
aunque llegando a concertar el dote
de seca mimbre un cesto
dijo que le daría,
que de cama de campo le servía;
seis sábanas de lienzo de narices,
con algunos fragmentos por tapices
de viejos reposteros;
cuatro quesos añejos casi enteros,
y una mona cautiva que tenía,
que hablaba en lengua culta y la entendía,
sin otras menudencias.
Con estas conveniencias
las capitulaciones se firmaron,
y el día de la boda concertaron.
Marramaquiz estaba
en ocasión tan triste,
como por burla y chiste
jugando a la pelota
con un ratón a quien pescó de paso,
que de un baúl de versos del Parnaso
a una maleta rota,
aunque llena de pleitos y escrituras,
pasaba haciendo gestos y figuras.


Tal suele acontecer un triste caso
en medio de la vida;
que no hay seguridad en cosa humana.
Ya con veloz corrida
daba esperanza vana
al mísero animal, ya le volvía,
ya le arrojaba en alto,
mojado de temor, de aliento falto,
y en medio del camino le cogía,
como quien tira al vuelo,
diciendo: «Tente», como al agua el hielo
ya con las manos mizas
le daba por los lados
algunos bofetones regalados,
cuando llegó Tomizas;
Tomizas, su escudero, y sin aliento
le dijo el casamiento concertado
de Micifuf y Zapaquilda ingrata;
y sintiendo perder su dulce gata,
dejó el pobre animal, que, desmayado,
apenas acertaba con la vida;
mas, puesto en fuga, la libró perdida:
que quien no ha de morir, si la fortuna
revoca la sentencia,
nunca le falta diversión alguna,
En aquella dichosa intercadencia
a Tomizas, en fin, la diligencia,
valió una manotada con la zurda,
que cuando no le aturda,
no es poco para zurda manotada,
que le dejó la cara desgatada.

Esto gana traer del mal albricias.
¡Oh cuanto, Amor, de la razón desquicias
un noble caballero!
Por eso ningún paje ni escudero
se fié en la privanza,
que es fácil en señores la mudanza,
y el sol es gran señor, y nunca para.
En rueda más mudable, a la Fortuna
se parece la dama doña Luna,
que nunca vemos de una misma cara.
Dejando la pelota, el triste amante,
de celos y de amor perdido y loco,
que la vida y la honra tiene en poco,
vino a su casa con tristeza tanta,
que se metió debajo de una manta;
y luego, provocado a mayor furia,
de una carrera se subió al tejado.
Así desnudo Orlando, provocado
de no menor injuria,
cuando leyó los rótulos del moro,
que decían: «Amor, que sin decoro
en la buena fortuna te gobiernas,
aquí gozó de Angélica, Medoro»,
en el papel de las cortezas tiernas
de aquellos olmos, de su bien testigos,
para el francés Orlando cabrahigos.

Bajó Marramaquiz desesperado,
y entrando en la cocina,
sin respeto de Paula ni Marina,
esclavas del ausente licenciado,
como laureles y álamos los mira,
donde Climene por Faetón suspira,
los pucheros y cántaros quebraba,
vertió la olla en la sazón que hervía,
y llamando a Borbón, borbor decía;
y a tanto mal llegó su desatino,
que sacó media libra de tocino
que andaba como nave en las espumas,
y si no se lo quitan, se lo mama;
¡tanto pueden los celos de quien ama!
Una perdiz con plumas
quiso tragarse, y no dejaba cosa
que no la deshiciese,
por alta que estuviese;
trepaba la lustrosa
reluciente espetera,
derribando sartenes y asadores,
y con estas demencias y furores
en una de fregar cayó caldera
(transposición se llama esta figura),
de agua acabada de sacar del fuego,
de que salió pelado.
Pero viniendo luego
el señor licenciado,
dijo que era veneno que tendría
algún vecino, que matar querría
ratones de su casa,
hecha de rejalgar traidora masa,

y a su servicio ingrato,
por matar los ratones, mató el gato.
Y dijo bien, según los aforismos
de Nicandro, que son los celos mismos
un veneno tan súbito, que apenas
toca la lengua, cuando ya las venas
y el corazón abrasan;
tan presto al centro de la vida pasan,
que no hay frías cicutas ni anapelos
como sólo un escrúpulo de celos.
En fin, de ver el gato lastimado,
que le había criado,
envió por triaca,
que todo venenoso ardor aplaca,
de la magna que hacen en Valencia,
de que tenía una redoma sola
cierto farmacopola
El gato, con paciencia,
respeto de su dueño,
tornó dos onzas y rindióse al sueño.



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viernes, 1 de mayo de 2009

La Gatomaquía, Silva Tercera

Distaba de los polos igualmente
la máscara del sol, y Cinosura
primera cuadrilátera figura,
con la estrella luciente
que mira el navegante,
bordaba la celeste arquitectura;
velaba todo amante
por el silencio de la noche obscura,
y en el indiano clima el sol ardía,
en dos mitades dividido el día;
cuando, gallardo, Micifuf valiente
paseaba el tejado de su dama,
que sangrada en la cama
la tuvo el accidente
dos días, que faltó sol al tejado
y estuvo la cocina sin cuidado,
no por la altura de los siete suelos,
mas por el sobresalto de los celos.
Iba, galán y bravo,
un cucharón sin cabo,
destos de hierro, de sacar buñuelos,
por casco en la cabeza,

que en ella tienen la mayor flaqueza,
pues no suelen morir de siete heridas,
por quien dicen que tienen siete vidas,
y un golpe en la cabeza los atonta;
así la tienen a desmayos pronta.
Broquel de cobertera;
espada de a caballo, que antes era

cuchillo viejo de limpiar zapatos,
que él solía llamar timebunt gatos;
y por las manchas de los pies y el anca
natural media blanca,
y capa de un bonete colorado
abierto por un lado;
plumas de un pardo gorrión, cogido
por ligereza, pero no por arte.
Así rondaba el nuevo Durandarte,

galán favorecido,
porque son los favores de la dama
guarnición de las galas de quien ama.
Dos músicos traían instrumentos,
a cuyo son y acentos
cantaban dulcemente;
y así, llegando del balcón enfrente
de Zapaquilda bella,
cantaron un romance que por ella
compuso Micifuf, poeta al uso
que él tampoco entendió lo que compuso.
Mas, puesta a la ventana
con serenero de su propia lana,
hasta que Bufalía
le trujo un rocadero
que por más gravedad y fantasía
sirvió de capirote y serenero,
y en medio de lo grave
del romance suave
les dijo con despejo,
pareciéndole versos a lo viejo,
que jácara cantasen picaresca
y así, cantaron la más nueva y fresca,
que, para que lo heroico y grave olviden.

hasta las gatas jácaras les piden,
¡Tanto el mundo decrépito delira
Aquí se resolvió la dulce lira,
y en dos lascivos ayes,
andolas, guirigayes
y otras tales bajezas,
cantaron, pues, las bárbaras proezas
y hazañas de rufianes,
que estos son los valientes capitanes
que celebran poetas
de aquellos que, en extremas
necesidades, viven arrojados
al vulgo, como perros a leones;
que la virtud y estudios mal premiados
mueren por hospitales y mesones;
¡verdes laureles de Virgilios y Enios,
perecer la virtud y los ingenios!
Mas, ¿quién le mete a un nombre licenciado
más que en hablar de sólo su tejado?
Que no le dio la escuela más licencia;
que es todo lo demás impertinencia.
Cuando aquesto pasaba,
Marramaquiz estaba
inquieto y acostado,
treguas pidiendo a su mortal cuidado;
pero como el amor le desvelaba.
díó, de sentido falto,

desde la cama un salto,
compuesta de pellejos,
otro tiempo conejos
que en el Pardo vivían
y en la cola sus cédulas traían
para seguridad de sus personas;
mas, ¡ay, muerte cruel! ¿a quién perdonas?
Saltó, en efecto, como el Conde Claros;
y armándose de ofensas y reparos,
vino de ronda al puesto por la posta
por ver si había moros en la costa,
y no siendo ilusión el pensamiento
(que del alma el primero movimiento
pocas veces engaña),
no suele débil caña
en las espadas verdes esparcidas,
del aire sacudidas,
hacer manso ruido
con más veloz sonido,
como rugió los dientes,
ni entre los accidentes
del erizado frío
al enfermo sucede

aquel ardor contrario,
como de ver tan loco desvarío,
que apenas le concede,
entre uno y otro pensamiento vario,
respiración y aliento,
de la vida instrumento,
helado y abrasado
entre ardores y hielos,
que al frío de los celos
frígido fuego sucedió mezclado
que con distinto efeto,
en un mismo sujeto
viven, siendo contrarios;
la causa es una y los efectos, varios.
Miraba a Zapaquilda en la ventana
hablando con su amante,
sin miedo de la luz de la mañana,
que coronaba el último diamante
del manto de la noche, que iba huyendo,
y cantando y tañendo
los músicos, con tanto desenfado
como si fuera su tejado el Prado
que nunca los amantes
previnieron peligros semejantes;
así los embeleca
Amor, de Ceca en Meca,
como, olvidado Antonio con Cleopatra,

la gitana de Manfis, que idolatra,
que ciego de su gusto, no temía
el César, que siguiéndole venía;
porque si fue romano Octaviano,
también Marramaquiz era romano;
y si valiente César y prudente,
no menos fue prudente que valiente;
que, en su tanto los méritos mirados,
César pudiera ser de los tejados.
Como, detrás del árbol escondido,
mira y advierte con atento oído
el cazador de pájaros el ramo,
donde tiene la liga y el reclamo,
para en viendo caer al inocente
jilguero, que los dulces silbos siente
del amigo traidor, que le convida
a dura cárcel con la voz fingida,
y apenas ve las plumas revolando
entre la liga, cuando
arremete y le quita, no piadoso,
sino fiero y cruel; así el celoso

Marramaquiz, atento
esperaba el primero movimiento
del venturoso amante, que decía
con dulce mirlamiento:
–Dulce señora mía,
¿cuándo será de nuestra boda el día?
¿Cuándo querrá mi suerte, que yo pueda
llamaros dulce esposa,
que entonces para mí será dichosa?
¡Ay, tanto bien el cielo me conceda!
Mas, fue nuestra fortuna
que Júpiter jamás por ninfa alguna,
aunque se transformaba
en buey, que el mar pasaba,
en sátiro y en águila y en pato,
nunca le vieron transformarse en gato;
porque si alguna vez gatiquisiera,
de los amantes gatos se doliera.
Con voz enamorada,
doliente y desmayada,
la gata respondía:
–Mañana fuera el día
de nuestra alegre boda;
pero todo mi bien desacomoda
aquel infame gato fementido,
Marramaquiz, celoso de mi olvido,
que en llegando a saber mi casamiento
hubiera temerario arañamiento,
y estimar vuestra vida
me tiene temerosa y encogida;

que es robusto y valiente
y, en materia de celos, impaciente.
Mejor será matadle con veneno.
Aquí, de furia lleno
respondió Micifuf: –¿Por un villano
pierdo el favor de vuestra hermosa mano?
¿El, señora, lo estoba?
¿Es, por ventura, más que yo valiente?
¿Tiene la uña corva
más dura que la mía,
o más agudo y penetrante el diente?
Entre la mostachosa artillería,
¿qué hueso de la pierna o espinazo
se me resiste a mí? ¿Qué fuerte brazo?
¿Yo no soy Micifuf? ¿Yo no desciendo
por línea recta, que probar pretendo,
de Zapirón, el gato blanco y rubio
que después de las aguas del diluvio
fue padre universal de todo gato?
Pues, ¿cómo ahora, con desdén ingrato
tenéis temor de un maullador gallina,
valiente en la cocina,
cobarde en la campaña,

y referir por invencible hazaña
dar a Garraf, un gato mi escudero,
que, fuera de ser gato forastero
es agora tan mozo,
que apenas tiene bozo,

una guantada con las uñas cinco,
si de repente dio sobre él un brinco?
¡Qué Cipión del africano estrago!
¡Qué Aníbal de Cártago!
¡Qué fuerte Pero Vázquez Escamilla
el bravo de Sevilla!
Por esos ojos que a la verde falda
de las selvas hurtaron la esmeralda,
que si entonces me hallara en el tejado
que no llevara, como se ha llevado,
el queso y el relleno.
Y ¿ queréis que le mate con veneno?
Esa es muerte de príncipes y reyes,
con quien no valen las humanas leyes,
no para un gato bárbaro, cobarde,
cuyas orejas os traeré esta tarde,
y de cuyo pellejo,
si no me huye con mejor consejo,
haré, para comer con más gobierno,
una ropa de martas este invierno
Aquí Marramaquiz, desatinado,
cual suele arremeter el jarameño
toro feroz, de media luna armado,
al caballero, con airado ceño
(andaluz o extremeño,
que la patria jamás pregunta el toro),
y por la franja del bordado de oro
caparazón, meterle en la barriga
dos palmos de madera de tintero,
acudiendo al socorro caballeros
a quien la sangre o la razón obliga,
al caballo inocente, que pensaba
cuando le vio venir, que se burlaba.
–¡Gallina Micifuf!– dijo furioso,
el hocico limpiándose espumoso.
Blasonar en ausencia
no tiene de mujeres diferencia.
Yo soy Marramaquiz; yo, noble al doble
de todo gato de ascendiente noble.
Si tú de Cipión, yo de Malandro,
gato del macedón Magno Alejandro
desciendo, como tengo en pergamino,
pintado de colores y oro fino,
por armas un morcón y un pie de puerco,
de Zamora ganados en el cerco,
todo en campo de golas,
sangriento más que rojas amapolas,
con un cuartel de quesos asaderos,
róeles en Castilla los primeros.

No fueron en cocinas mis hazañas,
sino en galeras, naves y campañas;
no con Garraf, tu paje:
con gatos moros, las mejores lanzas;
que yo maté en Granada a Tragapanzas,
gatazo abencerraje,
y cuerpo a cuerpo, en Córdoba, a Murcifo,
gato que fue del regidor Rengifo,
y de dos uñaradas
deshice a Golosillo las quijadas,
por gusto de una miza, mi respeto,
y le quité una oreja a Boquineto,
gato de un albañil de Salobreña;
la cola en Fuentidueña
quité de un estirón a Lameplatos,
mesonero de gatos,
sin otras cuchilladas que he tenido,
y la que di a Garrido,
que del Corral de los Naranjos era,
por la espada primera
único gaticida.
Pero es hablar en cosa tar sabida
decir que el tiempo vuela y no se para,
que no hay cara más fea que la cara
de la necesidad, y la más bella
aquella del nacer con buena estrella,

que alumbra el sol y que la nieve enfría,
que es obscura la noche y claro el día.
Esa gata cruel, que me ha dejado
por tu poco valor, verá muy presto,
siendo aqueste tejado
el teatro funesto,
cómo te doy la muerte que mereces
porque mi vida a Zapaquilda ofreces,
llevando tu cabeza presentada
a Micilda, que es ya mi prenda amada;
Micilda, que es más bella,
que al vespertino sol cándida estrella,
Venus, que rutilante
es de su anillo espléndido diamante.

Esta sí que merece la fe mía,
mi constancia, mi amor, mi bizarría;
que no gatas mudables,
que si por su hermosura son amables,
son por su condición aborrecibles,
amigas de mudanzas e imposibles.
Aquí sacó la espada ruginosa
de la vaina mohosa,
y a los golpes primeros
se llamaron fulleros,

si bien no hay deshonor desenvainada
y Zapaquilda, huyendo,
del súbito temor la sangre helada,
dejóse el serenero en el tejado.
Los músicos, en viendo
el belicoso duelo comenzado,
huyeron, como suelen,
que no hay garzas que vuelen
tan altas por los vientos,
dicen que por guardar los instrumentos,
y mil razones tienen,
pues que sólo a cantar en ellos vienen;
que mal cantara un hombre si supiera
que había luego de sacar la espada,
que tanto el pecho altera,
ni pudiera formar la voz, turbada;
que hay mucha diferencia, si se mira,
en dar en los broqueles, o en las cuerdas,
pasar la espada el pecho, o por la lira
el arco, hiriendo las pegadas cerdas.
Andaba entonces Guruguz de ronda

con una escuadra vil de sus esbirros,
cuyo abuelo, nacido en Trapisonda,
curaba hipocondríacos y cirros,
y viéndolos andar a la redonda

como si fueran Césares o Pirros
los dos valientes gatos,
con fuerte anhelo descansando a ratos,
llegaron a ponerse de por medio,
que fue difícil, pero fue remedio.
Mas, como respetar a la justicia
de gente principal respeto sea,
y lo contrario bárbara malicia,
luego Marramaquiz rindió la espada;
¿quién habrá que lo crea?
Mas, viendo Guruguz que no quería
que el amistad quedase confirmada,
sino permanecer en su porfía,
llevólos a la cárcel, enojado,
cuando Febo dorado
asomaba la frente
por las ventanas del rosado Oriente,
como si azúcar fuera, y de colores
en campo verde iluminó las flores.