miércoles, 20 de mayo de 2009

La Gatomaquía, Silva Cuarta

Quien dice que el amor no puede tanto,
que nuestro entendimiento
no puede sujetarle, es imposible
que sepa qué es amor, que reina en cuanto
compone alguna parte de elemento
en el mundo visible.
¡Oh fuerza natural incomprensible!,
que en todo cuanto tiene
una de las tres almas,
a ser el alma de sus almas viene
¿Quién no se admira de mirar las palmas
en la región del África desnuda,
cuando su fruto en oro el color muda,
con solo aquel ardor vegetativo
amarse dulcemente?
Que en lo demás que siente,
no es mucho que de amor el fuego vivo
imprima sentimiento
y natural deseo
con lazos de pacífico himeneo.
La fiera, el ave, el pez en su elemento,
todos aman y quieren
por la razón de bien, lo que es amable,
pues ama lo que es sólo vegetable.

Si de ningún sentido, el bien infieren,
entre las cosas que por él adquieren
algún conocimiento
(perdonen cuantas aves y animales
de su distinto gozan elemento),
ningunas son iguales
en amor a los gatos,
exceptando las monas,
que hasta en esto se precian de personas,
y ya que no en esencia, en ser retratos;
porque acontece con el hijo al pecho
abrazalle con lazo tan estrecho,
que le hacen exhalar la sensitiva
alma vital. Así el amor les priva,
que fue en la estimativa conocido
del natural sentido;
y si por opinión crítico alguno
tiene que amor tan loco
no puede haber en animal ninguno,
váyase poco a poco
al africano Tetuán, adonde
verá cómo, a los árboles trepando
está del hombre semejanza propia,
de que hay allí gran copia,

ya sale con el hijo ya se esconde.
y a los que van y vienen caminando,
con risa de monesco regocijo,
muestra el peloso hijo.
Mas, fuera disparate,
si no es que en ellas trate,
ir, por ver una mona,
hasta el África un hombre;
que si de Tito Lívio llevó el nombre
muchos hombres a Roma, fue corona
de los historiadores;
que sólo aquellas cosas superiores.
dignas por fama de admirable espanto
es bien que cuesten tanto,
como ver a Venecia...

perche qui non la vede non la precia;
que al cielo desde el agua se avecina,
y en góndolas por coches se camina,
Los gatos, en efeto,
son del amor un índice perfeto,
que a los demás prefiere,
y quien no lo creyere,
asómese a un tejado
con frías noches de un invierno helado,
cuando miren las hélices nocturnas
las estrelladas urnas
del frígido Acuario;
verá de gatos el concurso vario,
por los melindres de la amada gata,
que sobre tejas de escarchada plata
su estrado tiene puesto,
y con mirlado gesto
responde a los maullos amorosos
de los competidores,
no de otra suerte, oyendo sus amores,
que Angélica la bella
de Ferragut y Orlando,
amantes belicosos,
cuando andaban por ella
sin comer y dormir acuchillando
franceses y españoles,
de que no se le dio dos caracoles
¿Qué cosa puede haber con que se iguale
la paciencia de un gato enamorado,
en la canal metido de un tejado,
hasta que el alba sale,
que en vez de rayos coronó el oriente
de carámbanos frígidos la frente?
Pues sin gabán, abrigo ni sombrero
Febo oriental le mirará primero
que él deje de obligar con tristes quejas
las de su gata rígidas orejas
por más que el cielo llueva

mariposas de plata cuando nieva?
Mas, dejando cansadas digresiones
que el Retórico tiene por viciosas,
aunque en breves paréntesis gustosas,
presos los dos gatiferos campiones,
por no querer hacer las amistades
y responder soberbias libertades,
dicen que Zapaquilda
y la bella Micilda
tapadas de medio ojo,
con sus mantos de humo,

que es llegar a lo sumo
de un amoroso antojo,
fueron a ver sus presos;
que en tanta autoridad tales excesos
parecen desatino.
En fin, Micilda enamorada vino,
con que toda objeción amor responde;
así la infanta doña Sancha al conde
Garcí Fernández, preso, visitaba,
en la escura prisión del rey su padre,
dicen que con deseos de ser madre,
que había días que sin él estaba.
Cada cual de las dos imaginaba
que la otra venía
por el que ella quería,
y con este engañado pensamiento,
que nunca tienen mucho fundamento
los celos, comenzaron a mirarse
en manifestación de sus enojos,
tirándose relámpagos los ojos.
¡Oh quién las viera entonces levantarse
sobre los pies derechas,
a ver si eran verdades las sospechas,
y de ser descubiertas recatarse;
condición de los celos, esconderse,

quererse declarar, y no atreverse!
Que como son desprecio del paciente,
huye de que se entienda lo que siente,
que amor siempre se tuvo por nobleza,
y los celos por acto de bajeza,
como si amor pudiese estar sin celos,
que más pueden estar sin sol los cielos;
testigo Juno y Procris a quien llora
Céfalo por los celos de la Aurora.
En fin, después de sufrimiento tanto,
quitó Micilda de la cara el manto
a la siempre celosa Zapaquilda,
y ella, echando las uñas a Micilda,
con el rebozo, el moño.
No suele por los fines del otoño
quedar la vid ñudosa en los sarmientos
de los marchitos pámpanos robada,
sin resistencia a los primeros vientos
que con nevado soplo y boca helada
Cierzo dejó cadáver, con la fiera

mano que floreció la primavera,
como las dos quedaron en la rifa;
ni Fátima y Jarifa
por el abencerraje Abindarráez,
ni por Martín Peláez,
que del Cid heredó la valentía,
doña Urraca y María de Meneses,
aquella a quien pedía
con palabras corteses
las nueces su galán, si no bailaba,
así celoso amor las provocaba.
En fin, a puros tajos y reveses
de las rapantes uñas aguileñas,
desmoñadas las greñas
y el solimán raido,
quedaron desmayadas sin sentido,
haciendo cada cual la gata – morta.
No fue con esto la prisión más corta;
pero salieron della finalmente;
que el tiempo, con los bienes o los males,
dejando siempre atrás todo accidente,
que fue final acción de los mortales,
vuela sin detenerse,

dejándose llegar para perderse.
Así pasó la gloria de Numancia
y la brava arrogancia
de la fuerte Sagunto,
porque la tierra toda es solo un punto
de la circunferencia de los cielos.
¿Pero qué desatino de las musas
me lleva a tan extrañas garatusas?
Las iras del amor y de los celos
pasaron adelante
en uno y otro amante;
pero Marramaquiz, aconsejado
de sus amigos, remitió el cuidado
al amor de Micilda;
mas, como el que tenía a Zapaquilda
era del alma verdadero efeto,
aunque disimulada a lo discreto,
andaba triste y de congojas lleno.

¡Mísero del que vive en cuerpo ajeno
y por un amoroso desvarío
pierde la libertad del albedrío,
que no la compra el oro,
porque es de todos el mayor tesoro!
Tenía las mandíbulas de suerte,
que era un retrato de la muerte fiera,
aunque es yerro pintarle calavera,
porque aquella es el muerto y no la muerte
La Muerte ha de pintarse una figura
robusta, de cruel semblante airado,
los fuertes pies en una piedra dura,
si no sepulcro en pórfido labrado,
con reyes y monarcas,
hasta el que calza rústicas abarcas;
damas que sujetaron capitanes
y en ásperas naciones,

por bárbaras regiones
de fieros mamelucos y soldanes,
y pintadas al uno y otro lado
la enfermedad, la guerra y la desgracia,
parcas que tantas muertes han causado
por tantos deconciertos,
que huesos ya no es muerte, sino muertos.
No aprovechaba la hermosura y gracia
de Micilda a quitar al pobre amante
la memoria tenaz, que Amor escribe
con la flecha cruel en el diamante

del alma donde vive,
y compitiendo con el tiempo quiere
que viva en ella cuando el cuerpo muere.
En estos medios Micifuf intenta,
a su competidor viendo remoto,
por medio de Garullo, su compadre,
que había sido gato en una venta,
pedirla por mujer a Ferramoto,
de Zapaquilda padre.
Propúsole Garullo
con prudente maullo
las partes de su amigo,
como dellas testigo,
sin otras consecuencias
que atajaban celosas diferencias.
Ferramoto era un gato
de buen entendimiento y de buen trato,
cano de barba y negro de pellejo;
persona que en la verde primavera
de sus años, jamás en la ribera
de Manzanares se le fue conejo,
porque sirvió de galgo
a cierto pobre y miserable hidalgo,
que con él se alumbraba,
y de suerte de noche relumbraba,
que pensando una moza que eran lumbre
las niñas de sus ojos, que brillantes
en la ceniza estaban relumbrantes,
yendo al hogar, como era su costumbre,
sin pensar darle enojos,
le metió la pajuela por los ojos.

Nunca, sin esto, gato marquesote
oposición le hizo.
Oyó de buena gana lo propuesto
y del novio galán se satisfizo;
aunque llegando a concertar el dote
de seca mimbre un cesto
dijo que le daría,
que de cama de campo le servía;
seis sábanas de lienzo de narices,
con algunos fragmentos por tapices
de viejos reposteros;
cuatro quesos añejos casi enteros,
y una mona cautiva que tenía,
que hablaba en lengua culta y la entendía,
sin otras menudencias.
Con estas conveniencias
las capitulaciones se firmaron,
y el día de la boda concertaron.
Marramaquiz estaba
en ocasión tan triste,
como por burla y chiste
jugando a la pelota
con un ratón a quien pescó de paso,
que de un baúl de versos del Parnaso
a una maleta rota,
aunque llena de pleitos y escrituras,
pasaba haciendo gestos y figuras.


Tal suele acontecer un triste caso
en medio de la vida;
que no hay seguridad en cosa humana.
Ya con veloz corrida
daba esperanza vana
al mísero animal, ya le volvía,
ya le arrojaba en alto,
mojado de temor, de aliento falto,
y en medio del camino le cogía,
como quien tira al vuelo,
diciendo: «Tente», como al agua el hielo
ya con las manos mizas
le daba por los lados
algunos bofetones regalados,
cuando llegó Tomizas;
Tomizas, su escudero, y sin aliento
le dijo el casamiento concertado
de Micifuf y Zapaquilda ingrata;
y sintiendo perder su dulce gata,
dejó el pobre animal, que, desmayado,
apenas acertaba con la vida;
mas, puesto en fuga, la libró perdida:
que quien no ha de morir, si la fortuna
revoca la sentencia,
nunca le falta diversión alguna,
En aquella dichosa intercadencia
a Tomizas, en fin, la diligencia,
valió una manotada con la zurda,
que cuando no le aturda,
no es poco para zurda manotada,
que le dejó la cara desgatada.

Esto gana traer del mal albricias.
¡Oh cuanto, Amor, de la razón desquicias
un noble caballero!
Por eso ningún paje ni escudero
se fié en la privanza,
que es fácil en señores la mudanza,
y el sol es gran señor, y nunca para.
En rueda más mudable, a la Fortuna
se parece la dama doña Luna,
que nunca vemos de una misma cara.
Dejando la pelota, el triste amante,
de celos y de amor perdido y loco,
que la vida y la honra tiene en poco,
vino a su casa con tristeza tanta,
que se metió debajo de una manta;
y luego, provocado a mayor furia,
de una carrera se subió al tejado.
Así desnudo Orlando, provocado
de no menor injuria,
cuando leyó los rótulos del moro,
que decían: «Amor, que sin decoro
en la buena fortuna te gobiernas,
aquí gozó de Angélica, Medoro»,
en el papel de las cortezas tiernas
de aquellos olmos, de su bien testigos,
para el francés Orlando cabrahigos.

Bajó Marramaquiz desesperado,
y entrando en la cocina,
sin respeto de Paula ni Marina,
esclavas del ausente licenciado,
como laureles y álamos los mira,
donde Climene por Faetón suspira,
los pucheros y cántaros quebraba,
vertió la olla en la sazón que hervía,
y llamando a Borbón, borbor decía;
y a tanto mal llegó su desatino,
que sacó media libra de tocino
que andaba como nave en las espumas,
y si no se lo quitan, se lo mama;
¡tanto pueden los celos de quien ama!
Una perdiz con plumas
quiso tragarse, y no dejaba cosa
que no la deshiciese,
por alta que estuviese;
trepaba la lustrosa
reluciente espetera,
derribando sartenes y asadores,
y con estas demencias y furores
en una de fregar cayó caldera
(transposición se llama esta figura),
de agua acabada de sacar del fuego,
de que salió pelado.
Pero viniendo luego
el señor licenciado,
dijo que era veneno que tendría
algún vecino, que matar querría
ratones de su casa,
hecha de rejalgar traidora masa,

y a su servicio ingrato,
por matar los ratones, mató el gato.
Y dijo bien, según los aforismos
de Nicandro, que son los celos mismos
un veneno tan súbito, que apenas
toca la lengua, cuando ya las venas
y el corazón abrasan;
tan presto al centro de la vida pasan,
que no hay frías cicutas ni anapelos
como sólo un escrúpulo de celos.
En fin, de ver el gato lastimado,
que le había criado,
envió por triaca,
que todo venenoso ardor aplaca,
de la magna que hacen en Valencia,
de que tenía una redoma sola
cierto farmacopola
El gato, con paciencia,
respeto de su dueño,
tornó dos onzas y rindióse al sueño.



Sponsor:
Alto Taxi Murcia

viernes, 1 de mayo de 2009

La Gatomaquía, Silva Tercera

Distaba de los polos igualmente
la máscara del sol, y Cinosura
primera cuadrilátera figura,
con la estrella luciente
que mira el navegante,
bordaba la celeste arquitectura;
velaba todo amante
por el silencio de la noche obscura,
y en el indiano clima el sol ardía,
en dos mitades dividido el día;
cuando, gallardo, Micifuf valiente
paseaba el tejado de su dama,
que sangrada en la cama
la tuvo el accidente
dos días, que faltó sol al tejado
y estuvo la cocina sin cuidado,
no por la altura de los siete suelos,
mas por el sobresalto de los celos.
Iba, galán y bravo,
un cucharón sin cabo,
destos de hierro, de sacar buñuelos,
por casco en la cabeza,

que en ella tienen la mayor flaqueza,
pues no suelen morir de siete heridas,
por quien dicen que tienen siete vidas,
y un golpe en la cabeza los atonta;
así la tienen a desmayos pronta.
Broquel de cobertera;
espada de a caballo, que antes era

cuchillo viejo de limpiar zapatos,
que él solía llamar timebunt gatos;
y por las manchas de los pies y el anca
natural media blanca,
y capa de un bonete colorado
abierto por un lado;
plumas de un pardo gorrión, cogido
por ligereza, pero no por arte.
Así rondaba el nuevo Durandarte,

galán favorecido,
porque son los favores de la dama
guarnición de las galas de quien ama.
Dos músicos traían instrumentos,
a cuyo son y acentos
cantaban dulcemente;
y así, llegando del balcón enfrente
de Zapaquilda bella,
cantaron un romance que por ella
compuso Micifuf, poeta al uso
que él tampoco entendió lo que compuso.
Mas, puesta a la ventana
con serenero de su propia lana,
hasta que Bufalía
le trujo un rocadero
que por más gravedad y fantasía
sirvió de capirote y serenero,
y en medio de lo grave
del romance suave
les dijo con despejo,
pareciéndole versos a lo viejo,
que jácara cantasen picaresca
y así, cantaron la más nueva y fresca,
que, para que lo heroico y grave olviden.

hasta las gatas jácaras les piden,
¡Tanto el mundo decrépito delira
Aquí se resolvió la dulce lira,
y en dos lascivos ayes,
andolas, guirigayes
y otras tales bajezas,
cantaron, pues, las bárbaras proezas
y hazañas de rufianes,
que estos son los valientes capitanes
que celebran poetas
de aquellos que, en extremas
necesidades, viven arrojados
al vulgo, como perros a leones;
que la virtud y estudios mal premiados
mueren por hospitales y mesones;
¡verdes laureles de Virgilios y Enios,
perecer la virtud y los ingenios!
Mas, ¿quién le mete a un nombre licenciado
más que en hablar de sólo su tejado?
Que no le dio la escuela más licencia;
que es todo lo demás impertinencia.
Cuando aquesto pasaba,
Marramaquiz estaba
inquieto y acostado,
treguas pidiendo a su mortal cuidado;
pero como el amor le desvelaba.
díó, de sentido falto,

desde la cama un salto,
compuesta de pellejos,
otro tiempo conejos
que en el Pardo vivían
y en la cola sus cédulas traían
para seguridad de sus personas;
mas, ¡ay, muerte cruel! ¿a quién perdonas?
Saltó, en efecto, como el Conde Claros;
y armándose de ofensas y reparos,
vino de ronda al puesto por la posta
por ver si había moros en la costa,
y no siendo ilusión el pensamiento
(que del alma el primero movimiento
pocas veces engaña),
no suele débil caña
en las espadas verdes esparcidas,
del aire sacudidas,
hacer manso ruido
con más veloz sonido,
como rugió los dientes,
ni entre los accidentes
del erizado frío
al enfermo sucede

aquel ardor contrario,
como de ver tan loco desvarío,
que apenas le concede,
entre uno y otro pensamiento vario,
respiración y aliento,
de la vida instrumento,
helado y abrasado
entre ardores y hielos,
que al frío de los celos
frígido fuego sucedió mezclado
que con distinto efeto,
en un mismo sujeto
viven, siendo contrarios;
la causa es una y los efectos, varios.
Miraba a Zapaquilda en la ventana
hablando con su amante,
sin miedo de la luz de la mañana,
que coronaba el último diamante
del manto de la noche, que iba huyendo,
y cantando y tañendo
los músicos, con tanto desenfado
como si fuera su tejado el Prado
que nunca los amantes
previnieron peligros semejantes;
así los embeleca
Amor, de Ceca en Meca,
como, olvidado Antonio con Cleopatra,

la gitana de Manfis, que idolatra,
que ciego de su gusto, no temía
el César, que siguiéndole venía;
porque si fue romano Octaviano,
también Marramaquiz era romano;
y si valiente César y prudente,
no menos fue prudente que valiente;
que, en su tanto los méritos mirados,
César pudiera ser de los tejados.
Como, detrás del árbol escondido,
mira y advierte con atento oído
el cazador de pájaros el ramo,
donde tiene la liga y el reclamo,
para en viendo caer al inocente
jilguero, que los dulces silbos siente
del amigo traidor, que le convida
a dura cárcel con la voz fingida,
y apenas ve las plumas revolando
entre la liga, cuando
arremete y le quita, no piadoso,
sino fiero y cruel; así el celoso

Marramaquiz, atento
esperaba el primero movimiento
del venturoso amante, que decía
con dulce mirlamiento:
–Dulce señora mía,
¿cuándo será de nuestra boda el día?
¿Cuándo querrá mi suerte, que yo pueda
llamaros dulce esposa,
que entonces para mí será dichosa?
¡Ay, tanto bien el cielo me conceda!
Mas, fue nuestra fortuna
que Júpiter jamás por ninfa alguna,
aunque se transformaba
en buey, que el mar pasaba,
en sátiro y en águila y en pato,
nunca le vieron transformarse en gato;
porque si alguna vez gatiquisiera,
de los amantes gatos se doliera.
Con voz enamorada,
doliente y desmayada,
la gata respondía:
–Mañana fuera el día
de nuestra alegre boda;
pero todo mi bien desacomoda
aquel infame gato fementido,
Marramaquiz, celoso de mi olvido,
que en llegando a saber mi casamiento
hubiera temerario arañamiento,
y estimar vuestra vida
me tiene temerosa y encogida;

que es robusto y valiente
y, en materia de celos, impaciente.
Mejor será matadle con veneno.
Aquí, de furia lleno
respondió Micifuf: –¿Por un villano
pierdo el favor de vuestra hermosa mano?
¿El, señora, lo estoba?
¿Es, por ventura, más que yo valiente?
¿Tiene la uña corva
más dura que la mía,
o más agudo y penetrante el diente?
Entre la mostachosa artillería,
¿qué hueso de la pierna o espinazo
se me resiste a mí? ¿Qué fuerte brazo?
¿Yo no soy Micifuf? ¿Yo no desciendo
por línea recta, que probar pretendo,
de Zapirón, el gato blanco y rubio
que después de las aguas del diluvio
fue padre universal de todo gato?
Pues, ¿cómo ahora, con desdén ingrato
tenéis temor de un maullador gallina,
valiente en la cocina,
cobarde en la campaña,

y referir por invencible hazaña
dar a Garraf, un gato mi escudero,
que, fuera de ser gato forastero
es agora tan mozo,
que apenas tiene bozo,

una guantada con las uñas cinco,
si de repente dio sobre él un brinco?
¡Qué Cipión del africano estrago!
¡Qué Aníbal de Cártago!
¡Qué fuerte Pero Vázquez Escamilla
el bravo de Sevilla!
Por esos ojos que a la verde falda
de las selvas hurtaron la esmeralda,
que si entonces me hallara en el tejado
que no llevara, como se ha llevado,
el queso y el relleno.
Y ¿ queréis que le mate con veneno?
Esa es muerte de príncipes y reyes,
con quien no valen las humanas leyes,
no para un gato bárbaro, cobarde,
cuyas orejas os traeré esta tarde,
y de cuyo pellejo,
si no me huye con mejor consejo,
haré, para comer con más gobierno,
una ropa de martas este invierno
Aquí Marramaquiz, desatinado,
cual suele arremeter el jarameño
toro feroz, de media luna armado,
al caballero, con airado ceño
(andaluz o extremeño,
que la patria jamás pregunta el toro),
y por la franja del bordado de oro
caparazón, meterle en la barriga
dos palmos de madera de tintero,
acudiendo al socorro caballeros
a quien la sangre o la razón obliga,
al caballo inocente, que pensaba
cuando le vio venir, que se burlaba.
–¡Gallina Micifuf!– dijo furioso,
el hocico limpiándose espumoso.
Blasonar en ausencia
no tiene de mujeres diferencia.
Yo soy Marramaquiz; yo, noble al doble
de todo gato de ascendiente noble.
Si tú de Cipión, yo de Malandro,
gato del macedón Magno Alejandro
desciendo, como tengo en pergamino,
pintado de colores y oro fino,
por armas un morcón y un pie de puerco,
de Zamora ganados en el cerco,
todo en campo de golas,
sangriento más que rojas amapolas,
con un cuartel de quesos asaderos,
róeles en Castilla los primeros.

No fueron en cocinas mis hazañas,
sino en galeras, naves y campañas;
no con Garraf, tu paje:
con gatos moros, las mejores lanzas;
que yo maté en Granada a Tragapanzas,
gatazo abencerraje,
y cuerpo a cuerpo, en Córdoba, a Murcifo,
gato que fue del regidor Rengifo,
y de dos uñaradas
deshice a Golosillo las quijadas,
por gusto de una miza, mi respeto,
y le quité una oreja a Boquineto,
gato de un albañil de Salobreña;
la cola en Fuentidueña
quité de un estirón a Lameplatos,
mesonero de gatos,
sin otras cuchilladas que he tenido,
y la que di a Garrido,
que del Corral de los Naranjos era,
por la espada primera
único gaticida.
Pero es hablar en cosa tar sabida
decir que el tiempo vuela y no se para,
que no hay cara más fea que la cara
de la necesidad, y la más bella
aquella del nacer con buena estrella,

que alumbra el sol y que la nieve enfría,
que es obscura la noche y claro el día.
Esa gata cruel, que me ha dejado
por tu poco valor, verá muy presto,
siendo aqueste tejado
el teatro funesto,
cómo te doy la muerte que mereces
porque mi vida a Zapaquilda ofreces,
llevando tu cabeza presentada
a Micilda, que es ya mi prenda amada;
Micilda, que es más bella,
que al vespertino sol cándida estrella,
Venus, que rutilante
es de su anillo espléndido diamante.

Esta sí que merece la fe mía,
mi constancia, mi amor, mi bizarría;
que no gatas mudables,
que si por su hermosura son amables,
son por su condición aborrecibles,
amigas de mudanzas e imposibles.
Aquí sacó la espada ruginosa
de la vaina mohosa,
y a los golpes primeros
se llamaron fulleros,

si bien no hay deshonor desenvainada
y Zapaquilda, huyendo,
del súbito temor la sangre helada,
dejóse el serenero en el tejado.
Los músicos, en viendo
el belicoso duelo comenzado,
huyeron, como suelen,
que no hay garzas que vuelen
tan altas por los vientos,
dicen que por guardar los instrumentos,
y mil razones tienen,
pues que sólo a cantar en ellos vienen;
que mal cantara un hombre si supiera
que había luego de sacar la espada,
que tanto el pecho altera,
ni pudiera formar la voz, turbada;
que hay mucha diferencia, si se mira,
en dar en los broqueles, o en las cuerdas,
pasar la espada el pecho, o por la lira
el arco, hiriendo las pegadas cerdas.
Andaba entonces Guruguz de ronda

con una escuadra vil de sus esbirros,
cuyo abuelo, nacido en Trapisonda,
curaba hipocondríacos y cirros,
y viéndolos andar a la redonda

como si fueran Césares o Pirros
los dos valientes gatos,
con fuerte anhelo descansando a ratos,
llegaron a ponerse de por medio,
que fue difícil, pero fue remedio.
Mas, como respetar a la justicia
de gente principal respeto sea,
y lo contrario bárbara malicia,
luego Marramaquiz rindió la espada;
¿quién habrá que lo crea?
Mas, viendo Guruguz que no quería
que el amistad quedase confirmada,
sino permanecer en su porfía,
llevólos a la cárcel, enojado,
cuando Febo dorado
asomaba la frente
por las ventanas del rosado Oriente,
como si azúcar fuera, y de colores
en campo verde iluminó las flores.

viernes, 17 de abril de 2009

La Gatomaquía, Silva Segunda

Convaleciente ya de las heridas
de los crueles celos
de Micifuf, Marramaquiz valiente
(aquellos que han costado tantas vidas,
y que en los mismos cielos
a Júpiter, señor del rayo ardiente,
con disfraz indecente,
fugitivo de Juno,
su rigor importuno
tantas veces mostraron;
que en fuego, en cisne, en buey le transformaron
por Europa, por Leda y por Egina,
con pálida color, y banda verde,
para que la sangría se le acuerde,
que amor enfermo a condoler se inclina,
paseaba el tejado y la buharda
de aquella ingrata cuanto hermosa fiera.
Quien ama fieras, ¿qué firmeza espera?

¿Qué fin, que premio aguarda?
Zapaquilda gallarda
estaba en su balcón, que no atendía
más de a saber si Micifuf venía,
cuando Garraf, su paje,
si bien de su linaje,
llegó con un papel y una bandeja.
Ella la cola y el confín despeja
y la bandeja toma,
sobre negro color labrada de oro
por el Indio oriental, y con decoro
mira si hay algo que primero coma,
ofensa del cristal de la belleza,
propia naturaleza
de gatas ser golosas,
aunque al tomar se finjan melindrosas;
y antes de oír al paje,
ve las alhajas que el galán envía;
qué joyas, qué invención, qué nuevo traje.
En fin, vio que traía
un pedazo de queso
de razonable peso,
y un relleno de huevos y tocino;

Atis, en fruta que produce el pino,
entre menuda rama,
en la falda del alto Guadarrama,
por donde van al bosque de Segovia;
y luego, en fe deque ha de ser su novia,
dos cintas que le sirvan de arracadas
gala que sólo a gatas regaladas,
cuando pequeñas, las mujeres ponen,
que de rosas de nácar las componen.
Tomó luego el papel, y con sereno
rostro, apartando el queso y el relleno,
vio que el papel decía:
«Dulce señora, dulce prenda mía,
sabrosa, aunque perdone Garcilaso
si el consonante mismo sale al paso,

más que la fruta del cercado ajeno;
ese queso, mi bien, ese relleno
y esas cintas de nácar os envío,
señas de la verdad del amor mío».
Aquí llegaba Zapaquilda, cuando
Marramaquiz, celoso, que mirando
estaba desde un alto caballete
tan gran traición, colérico arremete,
y echa veloz, de ardiente furia lleno,
una mano al papel y otra al relleno.

Garraf se pasma y queda sin sentido,
como el que oyó del arcabuz el trueno
estando divertido,
a quien el ofendido
tiró una manotada con las fieras
uñas, de suerte, que formando esferas
por la región del aire vagaroso
le arrojó tan furioso,
que en el claro cristal de sus espejos
pudo cazar vencejos
menos apasionado y más ocioso.
No de otra suerte el jugador ligero
le vuelve la pelota al que la saca,
herida de la pala resonante;
quéjase el aire, que del golpe fiero
tiembla, hasta tanto que el furor se aplaca,
y chaza el que interviene, el pie delante.
El gatazo arrogante, sin soltar el relleno despedaza
el papel, que en los dientes
con la espuma celosa vuelve estraza,
y a Zapaquilda atónita amenaza.
Como se suele ver en las corrientes
de los undosos ríos quien se ahoga,
que asiéndose de rama, yerba o soga,
la tiene firme, de sentido ajeno,
así Marramaquiz tiene el relleno;
que ahogándose en congojas y desvelos,
no soltaba la causa de los celos.
¡Oh cuánto amor un alma desespera,

pues cuando ya se ve sin esperanza,
en un relleno tomará venganza!
Mas, ¿quién imaginara que pudiera
dar celos el amor, en ocasiones,
con rellenos de huevos y piñones?
Mas ¡ay de quien le había
hecho para la cena de aquel día!
Huyóse al fin la gata, y con el miedo
tocó las tejas con el pie tan quedo,
que la amazona bella parecía
que por los trigos pálidos corría
sin doblar las espigas de las cañas;
que de tierras extrañas
tales gazapas las historias cuentan.
Los miedos que a la gata desalientan

la hicieron prometer, si la libraba,
al niño Amor un arco y una aljaba,
de aquel famoso Rodamonte fiero
hasta pasar las furias del enero;
el cual juró olvidarla, y en su vida,
desnuda ni vestida,
volver a verla, ni tener memoria
de la pasada historia,
y buscar algún sabio
para satisfacción de tanto agravio.
Pero fueron en vano sus desvelos,
que amor no cumple lo que juran celos,
y tanto puede una mujer que llora,
que vienen a reñirla, y enamora,
creyendo el que ama, en sus celosas iras,
por una lagrimilla mil mentiras.
Y como Ovidio escribe en su Epistolio,
que no me acuerdo el folio,
estas heridas del amor protervas
no se curan con yerbas;
que no hay, para olvidar amor, remedio,
como otro nuevo amor o tierra enmedio.

Garraf, en tanto que esto se trataba,
estropeado a Micifuf llegaba,
mayando tristemente
en acento hipocóndrico y doliente,
como suelen andar los galloferos
para sacar dineros,
manqueando de un brazo
colgado de un retazo,
y débiles las piernas,
una cerrando de las dos linternas,
por mirar a lo bizco.

Luego en el corazón le dio un pellizco

la mala nueva, que adelanta el daño,
haciendo el aposento al desengaño,
y díjole: –¿Qué tienes,
Garraf amigo, que tan triste vienes?
Entonces él, moviendo tremolante
blanda cola detrás, lengua delante,
le refirió el suceso,
y que Marramaquiz papel y queso
y relleno también le había tomado,
como celoso airado,
como agraviado necio,
con infame desprecio,
con descortés porfía,
y que de tan extraña gatería
Zapaquilda admirada,
huyó por el desván, la saya alzada;

que lo que en las mujeres son las naguas
de raso, tela o chamelote de aguas,
es en las gatas la flexible cola,
que ad libitum se enrosca o se enarbola.
Contóle que de aquella manotada,
con su cuerpo afligido,
de miedo helado y de licor teñido,
descalabró los aires,
y con otros agravios y desaires,
que prometió vengarse por la espada
de haberle enamorado a Zapaquilda
y hablarla en el tejado de Casilda,
una tendera que en la esquina estaba;
y dijo que pensaba,
en desprecio y afrenta de sus dones,
hacer de los listones
cintas a sus zapatos.
¡Oh celos! si entre gatos,
de burlas y de veras,
formáis tales quimeras,
¿qué haréis entre los hombres,
de hidalgo proceder y honrados nombres?
No estuvo más airado
Agamenón en Troya,
al tiempo que metiendo la tramoya

del gran Paladión, de armas preñado,
echaron fuego a la ciudad de Eneas
de ardientes hachas y encendidas teas,
causa fatal del miserable estrago
de Dido y de Cartago,
por quien dijo Virgilio
que llorando decía,
destituida de mortal auxilio
¡ay dulces prendas cuando Dios quería!
Ni Barbarroja en Túnez,
ni el fuerte Pirro, ni Simón Antúnez
éste bravo español y griego el otro,
que Micifuf como si fuera potro
relinchando de cólera, en oyendo
el fiero y estupendo

furor de su enemigo;
mas, prometiendo darle igual castigo,
se fue a trazar el modo
de vengarse de todo;
que a un pecho noble,
a un ínclito sujeto
mayor obligación, más celo alcanza
de poner en efeto
desempeñar su honor con la venganza.
Marramaquiz, en tanto,
desesperado por las selvas iba
para buscar el sabio Garfiñanto,
al tiempo que la Aurora fugitiva
de su cansado esposo,
arrojaba la luz a los mortales,
y el sol infante en líquidos pañales
de celajes azules
mandaba recoger en sus baúles,
para poder abrir los de oro y rosa,
el manto de la noche tenebrosa,
aunque era todo el manto de diamantes,

en el zafiro nítidos brillantes
ojos del sueño, el hurto y el espanto.
Este gatazo y sabio Garfiñanto,
cano de barba y de mostachos yerto,
de un ojo remellado y de otro tuerto,
bien que de ilustre cola venerable,
y que sabía con rigor notable
natural y moral filosofía,
por los montes vivía
en una cueva oculta,
cuya entrada a las fieras dificulta,
como el de Polifemo, un alto risco.
No se le daba un prisco
de riquezas del mundo; que estimaba
sólo el sol, que Alejandro le quitaba
a aquel que, de los hombres puesto en fuga
metido en un tonel, era tortuga.
¡Bien haya quien desprecia
esta fábula necia
de honores, pretensiones y lugares,
por estudios o acciones militares!

Sabía Garfiñanto astrología,
mas no pronosticaba;
que decía que el cielo gobernaba
una sola virtud que le movía,
a cuya voluntad está sujeto
cuanto crió, que todo fue perfeto.
No sacaba almanaques,
ni decía que en Troya y los Alfaques
verían abundancia
de pepinos y brevas,
muchas lentejas en París y en Tebas,
y que cierta cabeza de importancia,
sin decirnos adonde, faltaría;
que por mujeres Venus prometía
pendencias y disgustos,
como si por sus celos o sus gustos
fuese en el mundo nuevo.
Pero volviendo a nuestro sabio Febo
después de consultado,
dijo a Marramaquiz, que su cuidado
en vano a Zapaquilda pretendía,
y que sólo sería
remedio que pusiese en otra parte,
vengándose con arte,

los ojos, divirtiendo el pensamiento;
que amar era cruel desabrimiento,
más que traer un áspid en las palmas,
en no reciprocándose las almas;
que Amor se corresponde con Anteros
y más si no negocian los dineros.
Destituido el gato
ya de mortal socorro,
se fue, calando el morro,
y dióle una salchicha,
por no mostrarse a Garfiñanto ingrato;
que no pagar la ciencia
es cargo de conciencia,
mas dicen que de sabios es desdicha.
Pensando en quien pusiese, finalmente,
de toda la gatesca bizarría,
la dulce enamorada fantasía
para verse de amor convaleciente,
se le acordó que enfrente
de su casa vivía un boticario,
de cuyo cocinante vestuario
una gata salía,
que la bella Micilda se decía,
y, sentada tal vez en su tejado,
miraba, como dama en el estrado,
los nidos de los sabios gorriones,
dejando pulular los embriones,
y, en viendo abiertos los maternos huevos,
comerse algunos de los ya mancebos.
Admitiendo este nuevo pensamiento,
más que su voluntad, su entendimiento,
que amor en las venganzas se resfría,
emprende mucho y ejecuta poco,
por entonces templó la fantasía;
que aquello es cuerdo lo que duerme un loco.
Estaba el sol ardiente
una siesta de mayo calurosa,
aunque amorosamente
plegando el nácar de la fresca rosa,
que producen los niños abrazados
huevos del cisne y huevos estrellados,
pues que los hizo estrellas,
cuando Micilda con las manos bellas
la cara se lavaba y componía,
no lejos del tejado en que vivía
Marramaquiz, que ya con más cuidado
la miraba y servía,
en fe del Garfiñanto consultado,
cuando al mismo tejado
Zapaquilda llegó, por accidente.
El gato, viendo la ocasión presente
para que su deseo

la diese celos con el nuevo empleo
llegándose más tierno y relamido
a Micilda, que ya, de vergonzosa,
estaba más hermosa,
y equívoco fingiendo
falso desprecio, descuidado olvido,
en su venganza misma padeciendo
amorosos deseos
(tales son del amor los devaneos)
requebraba a Micilda, a quien pensaba
ofrecer los despojos
de aquella guerra, paz de sus enojos
y a Zapaquilda a lo traidor miraba
en las intercadencias de los ojos;
tan extraño sentido,
que es menos entendido
mientras que más parece que se entiende,
pues siempre con engaños se defiende,
que si las luces de los ojos miras,
basta ser niñas para ser mentiras.
Micilda, a quien tocaba en lo más vivo
el amor primitivo
porque, como doncella, fácilmente
a lo que entonces siente
la tierna edad, se rinden y avasallan
hablando con los ojos cuando callan,
de buena gana dio fácil oído
a los requiebros del galán fingido,

con que ya andaban de los dos las colas
más turbulentas que del mar las olas.
Zapaquilda sentida
de aquella libertad (que es propio efeto
de la que fue querida
sentir desprecio donde vio respeto),
murmurando entre dientes,
amenazaba casos indecentes
entre personas tales,
en calidad y en nacimiento iguales.
Como se ve gruñir perro de casa
mirando al que se entró de fuera, enfrente
estando en medio de los dos el hueso,
que ninguno por él, de miedo, pasa,
parando finalmente
las iras del canículo suceso
en que ninguno de los dos le come,
obligando a que tome
un palo algún criado,
que los desparte airado
y deja divididos,
quedando el hueso en paz y ellos mordidos,
así feroz gruñía
Zapaquilda envidiosa,
afetos de celosa,
aunque al gallardo Micifuf quería;
que hay mujeres de modo,
que aunque no han de querer, lo quieren todo
porque otras no lo quieran,
y luego que rindieron lo que esperan,
vuelven a estar más tibias y olvidadas.

Finalmente, las gatas encontradas,
siendo Marramaquiz el hueso en medio
(tal suele ser de celos el remedio),
a pocos lances de mirarse airadas,
vinieron a las manos, dando al viento
los cabellos y faldas;
y en tanto arañamiento,
turbadas de color las esmeraldas,
maullando en tiple y el gatazo en bajo,
cayeron juntas del tejado abajo,
con ligereza tanta,
aunque decirlo espanta,
por ser,– como era, el salto,
cinco suelos en alto
hasta el alero del tejado fines,
que no perdió ninguna los chapines;
quedando el negro amante,
después de tan extraños desconsuelos,
muerto de risa en acto semejante;
¡tan dulce es la venganza de los celos!

viernes, 27 de marzo de 2009

La Gatomaquía, Silva Primera


A don Lope Félix del Carpió, soldado en la Armada de su Majestad

Silva primera


Yo, aquel que en los pasados
tiempos canté las selvas y los prados,
éstos vestidos de árboles mayores
y aquéllas de ganados y de flores,
las armas y las leyes,
que conservan los reinos y los reyes,
agora, en instrumento menos grave,
canto de amor suave
las iras y desdenes,
los males y los bienes,
no del todo olvidado
del fiero taratántara, templado
con el silbo del pícaro sonoro.
Vosotras, musas del castalio coro,
dadme favor, en tanto
que, con el genio que me distes, canto
la guerra, los amores y accidentes
de dos gatos valientes;
que como otros están dados a perros,
o por ajenos o por propios yerros,
también hay hombres que se dan a gatos,
por olvidos de príncipes ingratos,
o porque los persigue la fortuna
desde el columpio de tierna cuna.
Tú, don Lope, si acaso
te deja divertir por el Parnaso
el holandés pirata,
gato de nuestra plata,
que infesta las marinas
por donde con la armada peregrinas,
suspende un rato aquel valiente acero,
con que al asalto llegas el primero,
y escucha mi famosa Gatomaquía,
así desde las Indias a Valaquia
corra tu nombre y fama,
que ya por nuestra patria se derrama,
desde que viste la morisca puerta
de Túnez y Biserta,
armado y niño, en forma de Cupido,
con el marqués famoso
del mejor apellido
como su padre por la mar dichoso.

No siempre has de atender a Marte airado,
desde tu tierna edad ejercitado,
vestido de diamante,
coronado de plumas, arrogante;
que alguna vez el ocio
es de las armas cordial socrocio,
y Venus, en la paz, como Santelmo
con manos de marfil le quita el yelmo.
Estaba sobre un alto caballete
de un tejado sentada
la bella Zapaquilda al fresco viento,
lamiéndose la cola y el copete,
tan fruncida y mirlada
como si fuera gata de convento.
Su mesmo pensamiento

de espejo le servía,
puesto que un roto casco le traía
cierta urraca burlona
que no dejaba toca ni valona
que no escondía por aquel tejado,
confín del corredor de un licenciado.
Ya que lavada estuvo,
y con las manos que lamidas tuvo,
de su ropa de martas aliñada,
cantó un soneto en voz medio formada
en la arteria vocal con tanta gracia
como pudiera el músico de Tracia;
de suerte que cualquiera que la oyera,
que era solfa gatuna conociera,
con algunos cromáticos disones,
que se daban al diablo los ratones.
Asomábase ya la Primavera
por un balcón de rosas y alhelíes,
y Flora, con dorados borceguíes,
alegraba risueña la ribera;
tiestos de Talavera

prevenía el verano,
cuando Marramaquiz, gato romano,
aviso tuvo cierto de Maulero,
un gato de la Mancha, su escudero,
que al sol salía Zapaquilda hermosa,
cual suele amanecer purpúrea rosa
entre las hojas de la verde cama,
rubí tan vivo, que parece llama,
y que con una dulce cantilena
en el arte mayor de Juan de Mena,
enamoraba el viento.
Marramaquiz, atento
a las nuevas del paje,
que la fama enamora desde lejos,
que fuera de las naguas de pellejos
del campanudo traje,
introducción de sastres y roperos,
doctos maestros de sacar dineros,
alababa su gracia y hermosura,
con tanta melindrífera mesura,
pidió caballo, y luego fue traída
una mona vestida
al uso de su tierra,
cautiva en una guerra
que tuvieron las monas y los gatos;
púsose borceguíes y zapatos
de dos dediles de segar abiertos,

que con pena calzó por estar tuertos;
una cuchara de plata por espada;
la capa colorada,
a la francesa, de una calza vieja,
tan igual, tan lucida y tan pareja,
que no será lisonja
decir que Adonis en limpieza y gala,
aunque perdone Venus, no le iguala:
por gorra de Milán, media toronja,
con un penacho rojo, verde y bayo,
de un muerto por sus uñas papagayo,
que diciendo : ¿ Quién pasa ? cierto día,
pensó que el rey venía,
y era Marramaquiz, que andaba a caza,
y halló para romper la jaula traza;
por cuera, dos mitades que de un guante
le ataron por detrás y por delante,
y un puño de una niña por valona.
Era el gatazo de gentil persona
y no menos galán que enamorado;

bigote blanco y rostro despejado,
ojos alegres, niñas mesuradas,
de color de esmeraldas diamantadas,
y a caballo en la mona parecía
el paladín Orlando, que venía
a visitar a Angélica la bella.
La recatada ninfa, la doncella,
en viendo al gato se mirló de forma
que en una grave dama se transforma,
lamiéndose, a manera de manteca,
la superficie de los labios seca,
y con temor de alguna carambola,
tapó las indecencias con la cola,
y bajando los ojos hasta el suelo,
su mirlo propio le sirvió de velo;
que ha de ser la doncella virtuosa
más recatada mientras más hermosa.
Marramaquiz entonces, con ligeras
plantas batiendo el tetuán caballo,
que no era pie de hierro o pie de gallo
le dio cuatro carreras,
con otras gentilezas y escarceos,
alta demostración de sus deseos;
y, la gorra en la mano,
acercóse galán y cortesano
donde le dijo amores.
Ella, con las colores

que imprime la vergüenza,
le dio de sus guedejas una trenza;
y al tiempo que los dos marramizaban
y con tiernos singultos relamidos
alternaban sentidos,
desde unas claraboyas que adornaban
la azutea de un clérigo vecino,
un bodocazo vino,
disparado de súbita ballesta
más que la vista de los ojos presta,
que, dándole a la mona en la almohada,
por de dentro morada,
por de fuera pelosa,
dejó caer la carga, y presurosa
corrió por los tejados,
sin poder los lacayos y criados
detener el furor con que corría.
No de otra suerte que en sereno día
balas de nieve escupe, y de los senos
de las nubes, relámpagos y truenos
súbita tempestad en monte o prado,
obligando que el tímido ganado
atónito se esparza,
ya dejando en la zarza
de sus pungentes laberintos, vana
la blanca o negra lana,
que alguna vez la lana ha de ser negra,
y hasta que el sol en arco verde alegra

los campos que reduce a sus colores,
no vuelven a los prados ni a las flores,
así los gatos iban alterados
por corredores, puertas y terrados,
con trágicos maullos,
no dando, como tórtolas, arrullos,
y la mona, la mano en la almohada,
la parte occidental descalabrada,
y los húmidos polos circunstantes
bañados de medio ámbar, como guantes
En tanto que pasaban estas cosas,
y el gato en sus amores discurría
con ansias amorosas
porque no hay alma tan helada y fría
que Amor no agarre, prenda y engarrafe,
y el más alto tejado enternecía,
aunque fuesen las tejas de Getafe,
y ella, con ñifi ñafe,
se defendía con semblante airado,
aquel de cielo y tierra monstruo alado,
que, vestido de lenguas y de ojos
ya decrépito viejo con antojos,
ya lince penetrante,
por los tres elementos se pasea
sin que nadie le vea,
con la forma elegante
de Zapaquilda discurrió ligero

uno y otro hemisfero,
aunque con las verdades lisonjera,
y en cuanto baña en la terrestre esfera,
sin excepción de promontorio alguno,
el cerúleo Neptuno,
plasmante universal de toda fuente,
desde Bootes a la Austral Corona
y de la zona frígida a la ardiente
Esto dijo la Fama, que pregona
el bien y el mal; y en viendo su retrato,
se erizó todo gato
y dispuso venir, con esperanza
de galardón que un firme amor alcanza.
Los que vinieron por la tierra en postas
trajeron, por llegar a la ligera,
sólo plumas y banda, calza y cuera;
los que habitaban de la mar las costas,
tanto pueden de amor dulces empresas,
vinieron en artesas,
mas no por eso menos
hasta la cola de riquezas llenos;
y otros, por bizarría,

para mostrar después la gallardía,
en cofres y baúles,
sulcando las azules
montañas de Anfitrite;
y alguno que a disfraces se remite,
por no ser conocido,
en una caja de orinal metido.
Con esto, en muchos siglos no fue vista,
como en esta conquista,
tanta de gatos multitud famosa,
por Zapaquilda hermosa.
Apenas hubo teja o chimenea
sin gato enamorado,
de bodoque tal vez precipitado,
como Calisto fue por Melibea;
ni ratón parecía,
ni el balbuciente hocico permitía
que del nido saliese,
ni queso ni papel se agujeraba,
por costumbre o por hambre que tuviese,
ni poeta por todo el universo
se lamentó que le royesen verso,
ni gorrión saltaba,
ni verde lagartija
salía de la cóncava rendija.
Por otra parte el daño compensaba
que de tanto gatazo resultaba,
pues no estaba segura
en sábado morcilla ni asadura,
ni panza ni cuajar, ni aun en lo sumo
de la alta chimenea

la longaniza al humo,
por imposible que alcanzarla sea,
exento a la porfía en la esperanza,
que tanto cuanto mira, tanto alcanza.
Entre esta generosa ilustre gente
vino un gato valiente,
de hocico agudo y de narices romo,
blanco de pecho y pies, negro de lomo,
que Micifuf tenía
por nombre, en gala, cola y gallardía
célebre en toda parte
por un Zapinarciso y Gatimarte.
Este, luego que vio la bella gata,
más reluciente que fregada plata,
tan perdido quedó, que noche y día
paseaba el tejado en que vivía,
con pajes y lacayos de librea,
que nunca sirve mal quien bien desea.
Y sucedióle bien, pues luego quiso
¡oh gata ingrata! a Micifuf Narciso,
dando a Marramaquiz celos y enojos.
No sé por cual razón puso los ojos
en Micifuf, quitándole al primero,
con súbita mudanza,
el antiguo favor y la esperanza.
¡Oh cuánto puede un gato forastero,
y más siendo galán y bien hablado,
de pelo rizo y garbo ensortijado.
Siempre las novedades son gustosas;

no hay que fiar de gatas melindrosas.
¿Quién pensara que fuera tan mudable
Zapaquilda, cruel y inexorable,
y que al galán Marramaquiz dejara
por un gato que vio de buena cara,
después de haberle dado
un pie de puerco hurtado,
pedazos de tocino y de salchichas?
¡Oh cuan poco en las dichas
está firme el amor y la fortuna!
¿En qué mujer habrá firmeza alguna?
¿Quién tendrá confianza,
si quien dijo mujer dijo mudanza?
Marramaquiz, con ansias y desvelos,
vino a enfermar de celos,
porque ninguna cosa le alegraba.
Finalmente Merlín que le curaba,
gato de cuyas canas, nombre y ciencia
era notoria a todos la experiencia,
mandó que se sangrase;
y como no bastase,
vino a verle su dama,
aunque tenía en un desván la cama,
a donde la carroza no podía
subir, por alta y por la estrecha vía;

pero, en fin, apeada,
entró de su escudero acompañada.
Mirándose los dos severamente,
después de sosegado el accidente,
él con maullo habló y ella con mirlo,
que fuera harto mejor pegarla un chirlo;
pero por alegrarle la sangría
le trujo su criada Bufalía
una pata de ganso y dos ostiones.
El se quejó con tímidas razones
en su lenguaje mizo,
a que ella con vergüenza satisfizo;
quejas que, traducidas del y della,
así decían: –Zapaquilda bella,
¿por qué me dejas tan injustamente?
¿Es Micifuf más sabio? ¿Es más valiente?
¿Tiene más ligereza? ¿Mejor cola?
¿No sabes que te quise elegir sola
entre cuantas se precian de mirladas,
de bien vestidas y de bien tocadas?
¿Esto merece que un invierno helado,
de tejado en tejado
me hallaba el alba al madrugar el día

con espada, broquel y bizarría,
más cubierto de escarcha
que soldado español que en Flandes marcha
con arcabuz y frascos?
Si no te he dado telas y damascos
es porque tú no quieres vestir galas
sobre las naturales martingalas,
por no ofender ingrata a tu belleza,
las naguas que te dio naturaleza;
pero en lo que es regalos, ¿quién ha sido
más cuidadoso, como tú lo sabes,
en cuanto en las cocinas, atrevido,
pude garrafiñar de peces y aves?
¿Qué pastel no te truje, qué salchicha?
¡Oh terrible desdicha!
¡Pues no soy yo tan feo!
Que ayer me vi, mas no como me veo,
en un caldero de agua que de un pozo
sacó para regar mi casa un mozo,
y dije: ¿Esto desprecia Zapaquilda?
¡Oh celos! ¡Oh piedad! ¡Oh amor! Reñilda
No suele desmayarse al sol ardiente
la flor del mismo nombre y la arrogante
cerviz bajar humilde, que la gente,
por la loca altitud, llamó gigante,
ni queda el tierno infante
más cansado, después de haber llorado,

de su madre en el pecho regalado,
que el amante quedó sin alma. ¡Oh cielos,
qué dulce cosa amor, qué amarga celos!
Ella, como le vio que ya exhalaba
blandamente el espíritu en suspiros,
y que piramizaba
entre dulces de amor fingidos tiros,
porque no se le rompa vena o fibra,
el mosqueador de las ausencias vibra,
pasándole dos veces por su cara.
Volvióle en sí, que aquel favor bastara
para libralle de la muerte dura,
y luego con melífera blandura
le dijo en lengua culta:

–Si tu amor dificulta
el que me debes, en tu agravio piensas
tan injustas ofensas:
que aunque es verdad que Micifuf me quiere,
y dice a todos que por mí se muere,
yo te guardo la fe como tu esposa–.
Cesó con esto Zapaquilda hermosa,
sellando honesta las dos rosas bellas;
que siempre hablaron poco las doncellas,
que, como las viudas y casadas,
no están en el amor ejercitadas.
Bajaba ya la noche,
y las ruedas del coche,
tachonadas de estrellas
bailadores diamantes y centellas,

detrás de las montañas resonaban.
Los pájaros callaban
dejando el campo yermo,
cuando los pajes del galán enfermo
en el alto desván hachas metían,
que alumbrar la carroza prevenían.
Entonces los amantes,
que son los cumplimientos importantes,
ella por irse, y él quedarse a solas,
se hicieron reverencias con las colas.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Lope de Vega: Al pie de un roble escarchado


Sulca del mar de Amor las rubias ondas,
barco de Barcelona, y por los bellos
lazos navega altivo, aunque por ellos
tal vez te muestres y tal vez te escondas.

Ya no flechas, Amor, doradas ondas
teje de sus espléndidos cabellos;
tú con los dientes no le quites dellos
para que a tanta dicha correspondas.

Desenvuelve los rizos con decoro,
los paralelos de mi sol desata,
boj o colmillo de elefante moro;

y en tanto que esparcidos los dilata,
forma por la madeja sendas de oro
antes que el tiempo los convierta en plata.

martes, 25 de abril de 2000

Lope de Vega: Desde que viene la rosada aurora

De hoy más las crespas sienes de olorosa
verbena y mirto coronarte puedes,
juncoso Manzanares, pues excedes
del Tajo la corriente caudalosa.

Lucinda en ti bañó su planta hermosa;
bien es que su dorado nombre heredes,
y que con perlas por arenas quedes,
mereciendo besar su nieve y rosa.

Y yo envidiar pudiera tu fortuna,
mas he llorado en ti lágrimas tantas,
(tú, buen testigo de mi amargo lloro),

que mezclada en tus aguas pudo alguna
de Lucinda tocar las tiernas plantas,
y convertirse en tus arenas de oro.