viernes, 17 de abril de 2009

La Gatomaquía, Silva Segunda

Convaleciente ya de las heridas
de los crueles celos
de Micifuf, Marramaquiz valiente
(aquellos que han costado tantas vidas,
y que en los mismos cielos
a Júpiter, señor del rayo ardiente,
con disfraz indecente,
fugitivo de Juno,
su rigor importuno
tantas veces mostraron;
que en fuego, en cisne, en buey le transformaron
por Europa, por Leda y por Egina,
con pálida color, y banda verde,
para que la sangría se le acuerde,
que amor enfermo a condoler se inclina,
paseaba el tejado y la buharda
de aquella ingrata cuanto hermosa fiera.
Quien ama fieras, ¿qué firmeza espera?

¿Qué fin, que premio aguarda?
Zapaquilda gallarda
estaba en su balcón, que no atendía
más de a saber si Micifuf venía,
cuando Garraf, su paje,
si bien de su linaje,
llegó con un papel y una bandeja.
Ella la cola y el confín despeja
y la bandeja toma,
sobre negro color labrada de oro
por el Indio oriental, y con decoro
mira si hay algo que primero coma,
ofensa del cristal de la belleza,
propia naturaleza
de gatas ser golosas,
aunque al tomar se finjan melindrosas;
y antes de oír al paje,
ve las alhajas que el galán envía;
qué joyas, qué invención, qué nuevo traje.
En fin, vio que traía
un pedazo de queso
de razonable peso,
y un relleno de huevos y tocino;

Atis, en fruta que produce el pino,
entre menuda rama,
en la falda del alto Guadarrama,
por donde van al bosque de Segovia;
y luego, en fe deque ha de ser su novia,
dos cintas que le sirvan de arracadas
gala que sólo a gatas regaladas,
cuando pequeñas, las mujeres ponen,
que de rosas de nácar las componen.
Tomó luego el papel, y con sereno
rostro, apartando el queso y el relleno,
vio que el papel decía:
«Dulce señora, dulce prenda mía,
sabrosa, aunque perdone Garcilaso
si el consonante mismo sale al paso,

más que la fruta del cercado ajeno;
ese queso, mi bien, ese relleno
y esas cintas de nácar os envío,
señas de la verdad del amor mío».
Aquí llegaba Zapaquilda, cuando
Marramaquiz, celoso, que mirando
estaba desde un alto caballete
tan gran traición, colérico arremete,
y echa veloz, de ardiente furia lleno,
una mano al papel y otra al relleno.

Garraf se pasma y queda sin sentido,
como el que oyó del arcabuz el trueno
estando divertido,
a quien el ofendido
tiró una manotada con las fieras
uñas, de suerte, que formando esferas
por la región del aire vagaroso
le arrojó tan furioso,
que en el claro cristal de sus espejos
pudo cazar vencejos
menos apasionado y más ocioso.
No de otra suerte el jugador ligero
le vuelve la pelota al que la saca,
herida de la pala resonante;
quéjase el aire, que del golpe fiero
tiembla, hasta tanto que el furor se aplaca,
y chaza el que interviene, el pie delante.
El gatazo arrogante, sin soltar el relleno despedaza
el papel, que en los dientes
con la espuma celosa vuelve estraza,
y a Zapaquilda atónita amenaza.
Como se suele ver en las corrientes
de los undosos ríos quien se ahoga,
que asiéndose de rama, yerba o soga,
la tiene firme, de sentido ajeno,
así Marramaquiz tiene el relleno;
que ahogándose en congojas y desvelos,
no soltaba la causa de los celos.
¡Oh cuánto amor un alma desespera,

pues cuando ya se ve sin esperanza,
en un relleno tomará venganza!
Mas, ¿quién imaginara que pudiera
dar celos el amor, en ocasiones,
con rellenos de huevos y piñones?
Mas ¡ay de quien le había
hecho para la cena de aquel día!
Huyóse al fin la gata, y con el miedo
tocó las tejas con el pie tan quedo,
que la amazona bella parecía
que por los trigos pálidos corría
sin doblar las espigas de las cañas;
que de tierras extrañas
tales gazapas las historias cuentan.
Los miedos que a la gata desalientan

la hicieron prometer, si la libraba,
al niño Amor un arco y una aljaba,
de aquel famoso Rodamonte fiero
hasta pasar las furias del enero;
el cual juró olvidarla, y en su vida,
desnuda ni vestida,
volver a verla, ni tener memoria
de la pasada historia,
y buscar algún sabio
para satisfacción de tanto agravio.
Pero fueron en vano sus desvelos,
que amor no cumple lo que juran celos,
y tanto puede una mujer que llora,
que vienen a reñirla, y enamora,
creyendo el que ama, en sus celosas iras,
por una lagrimilla mil mentiras.
Y como Ovidio escribe en su Epistolio,
que no me acuerdo el folio,
estas heridas del amor protervas
no se curan con yerbas;
que no hay, para olvidar amor, remedio,
como otro nuevo amor o tierra enmedio.

Garraf, en tanto que esto se trataba,
estropeado a Micifuf llegaba,
mayando tristemente
en acento hipocóndrico y doliente,
como suelen andar los galloferos
para sacar dineros,
manqueando de un brazo
colgado de un retazo,
y débiles las piernas,
una cerrando de las dos linternas,
por mirar a lo bizco.

Luego en el corazón le dio un pellizco

la mala nueva, que adelanta el daño,
haciendo el aposento al desengaño,
y díjole: –¿Qué tienes,
Garraf amigo, que tan triste vienes?
Entonces él, moviendo tremolante
blanda cola detrás, lengua delante,
le refirió el suceso,
y que Marramaquiz papel y queso
y relleno también le había tomado,
como celoso airado,
como agraviado necio,
con infame desprecio,
con descortés porfía,
y que de tan extraña gatería
Zapaquilda admirada,
huyó por el desván, la saya alzada;

que lo que en las mujeres son las naguas
de raso, tela o chamelote de aguas,
es en las gatas la flexible cola,
que ad libitum se enrosca o se enarbola.
Contóle que de aquella manotada,
con su cuerpo afligido,
de miedo helado y de licor teñido,
descalabró los aires,
y con otros agravios y desaires,
que prometió vengarse por la espada
de haberle enamorado a Zapaquilda
y hablarla en el tejado de Casilda,
una tendera que en la esquina estaba;
y dijo que pensaba,
en desprecio y afrenta de sus dones,
hacer de los listones
cintas a sus zapatos.
¡Oh celos! si entre gatos,
de burlas y de veras,
formáis tales quimeras,
¿qué haréis entre los hombres,
de hidalgo proceder y honrados nombres?
No estuvo más airado
Agamenón en Troya,
al tiempo que metiendo la tramoya

del gran Paladión, de armas preñado,
echaron fuego a la ciudad de Eneas
de ardientes hachas y encendidas teas,
causa fatal del miserable estrago
de Dido y de Cartago,
por quien dijo Virgilio
que llorando decía,
destituida de mortal auxilio
¡ay dulces prendas cuando Dios quería!
Ni Barbarroja en Túnez,
ni el fuerte Pirro, ni Simón Antúnez
éste bravo español y griego el otro,
que Micifuf como si fuera potro
relinchando de cólera, en oyendo
el fiero y estupendo

furor de su enemigo;
mas, prometiendo darle igual castigo,
se fue a trazar el modo
de vengarse de todo;
que a un pecho noble,
a un ínclito sujeto
mayor obligación, más celo alcanza
de poner en efeto
desempeñar su honor con la venganza.
Marramaquiz, en tanto,
desesperado por las selvas iba
para buscar el sabio Garfiñanto,
al tiempo que la Aurora fugitiva
de su cansado esposo,
arrojaba la luz a los mortales,
y el sol infante en líquidos pañales
de celajes azules
mandaba recoger en sus baúles,
para poder abrir los de oro y rosa,
el manto de la noche tenebrosa,
aunque era todo el manto de diamantes,

en el zafiro nítidos brillantes
ojos del sueño, el hurto y el espanto.
Este gatazo y sabio Garfiñanto,
cano de barba y de mostachos yerto,
de un ojo remellado y de otro tuerto,
bien que de ilustre cola venerable,
y que sabía con rigor notable
natural y moral filosofía,
por los montes vivía
en una cueva oculta,
cuya entrada a las fieras dificulta,
como el de Polifemo, un alto risco.
No se le daba un prisco
de riquezas del mundo; que estimaba
sólo el sol, que Alejandro le quitaba
a aquel que, de los hombres puesto en fuga
metido en un tonel, era tortuga.
¡Bien haya quien desprecia
esta fábula necia
de honores, pretensiones y lugares,
por estudios o acciones militares!

Sabía Garfiñanto astrología,
mas no pronosticaba;
que decía que el cielo gobernaba
una sola virtud que le movía,
a cuya voluntad está sujeto
cuanto crió, que todo fue perfeto.
No sacaba almanaques,
ni decía que en Troya y los Alfaques
verían abundancia
de pepinos y brevas,
muchas lentejas en París y en Tebas,
y que cierta cabeza de importancia,
sin decirnos adonde, faltaría;
que por mujeres Venus prometía
pendencias y disgustos,
como si por sus celos o sus gustos
fuese en el mundo nuevo.
Pero volviendo a nuestro sabio Febo
después de consultado,
dijo a Marramaquiz, que su cuidado
en vano a Zapaquilda pretendía,
y que sólo sería
remedio que pusiese en otra parte,
vengándose con arte,

los ojos, divirtiendo el pensamiento;
que amar era cruel desabrimiento,
más que traer un áspid en las palmas,
en no reciprocándose las almas;
que Amor se corresponde con Anteros
y más si no negocian los dineros.
Destituido el gato
ya de mortal socorro,
se fue, calando el morro,
y dióle una salchicha,
por no mostrarse a Garfiñanto ingrato;
que no pagar la ciencia
es cargo de conciencia,
mas dicen que de sabios es desdicha.
Pensando en quien pusiese, finalmente,
de toda la gatesca bizarría,
la dulce enamorada fantasía
para verse de amor convaleciente,
se le acordó que enfrente
de su casa vivía un boticario,
de cuyo cocinante vestuario
una gata salía,
que la bella Micilda se decía,
y, sentada tal vez en su tejado,
miraba, como dama en el estrado,
los nidos de los sabios gorriones,
dejando pulular los embriones,
y, en viendo abiertos los maternos huevos,
comerse algunos de los ya mancebos.
Admitiendo este nuevo pensamiento,
más que su voluntad, su entendimiento,
que amor en las venganzas se resfría,
emprende mucho y ejecuta poco,
por entonces templó la fantasía;
que aquello es cuerdo lo que duerme un loco.
Estaba el sol ardiente
una siesta de mayo calurosa,
aunque amorosamente
plegando el nácar de la fresca rosa,
que producen los niños abrazados
huevos del cisne y huevos estrellados,
pues que los hizo estrellas,
cuando Micilda con las manos bellas
la cara se lavaba y componía,
no lejos del tejado en que vivía
Marramaquiz, que ya con más cuidado
la miraba y servía,
en fe del Garfiñanto consultado,
cuando al mismo tejado
Zapaquilda llegó, por accidente.
El gato, viendo la ocasión presente
para que su deseo

la diese celos con el nuevo empleo
llegándose más tierno y relamido
a Micilda, que ya, de vergonzosa,
estaba más hermosa,
y equívoco fingiendo
falso desprecio, descuidado olvido,
en su venganza misma padeciendo
amorosos deseos
(tales son del amor los devaneos)
requebraba a Micilda, a quien pensaba
ofrecer los despojos
de aquella guerra, paz de sus enojos
y a Zapaquilda a lo traidor miraba
en las intercadencias de los ojos;
tan extraño sentido,
que es menos entendido
mientras que más parece que se entiende,
pues siempre con engaños se defiende,
que si las luces de los ojos miras,
basta ser niñas para ser mentiras.
Micilda, a quien tocaba en lo más vivo
el amor primitivo
porque, como doncella, fácilmente
a lo que entonces siente
la tierna edad, se rinden y avasallan
hablando con los ojos cuando callan,
de buena gana dio fácil oído
a los requiebros del galán fingido,

con que ya andaban de los dos las colas
más turbulentas que del mar las olas.
Zapaquilda sentida
de aquella libertad (que es propio efeto
de la que fue querida
sentir desprecio donde vio respeto),
murmurando entre dientes,
amenazaba casos indecentes
entre personas tales,
en calidad y en nacimiento iguales.
Como se ve gruñir perro de casa
mirando al que se entró de fuera, enfrente
estando en medio de los dos el hueso,
que ninguno por él, de miedo, pasa,
parando finalmente
las iras del canículo suceso
en que ninguno de los dos le come,
obligando a que tome
un palo algún criado,
que los desparte airado
y deja divididos,
quedando el hueso en paz y ellos mordidos,
así feroz gruñía
Zapaquilda envidiosa,
afetos de celosa,
aunque al gallardo Micifuf quería;
que hay mujeres de modo,
que aunque no han de querer, lo quieren todo
porque otras no lo quieran,
y luego que rindieron lo que esperan,
vuelven a estar más tibias y olvidadas.

Finalmente, las gatas encontradas,
siendo Marramaquiz el hueso en medio
(tal suele ser de celos el remedio),
a pocos lances de mirarse airadas,
vinieron a las manos, dando al viento
los cabellos y faldas;
y en tanto arañamiento,
turbadas de color las esmeraldas,
maullando en tiple y el gatazo en bajo,
cayeron juntas del tejado abajo,
con ligereza tanta,
aunque decirlo espanta,
por ser,– como era, el salto,
cinco suelos en alto
hasta el alero del tejado fines,
que no perdió ninguna los chapines;
quedando el negro amante,
después de tan extraños desconsuelos,
muerto de risa en acto semejante;
¡tan dulce es la venganza de los celos!

viernes, 27 de marzo de 2009

La Gatomaquía, Silva Primera


A don Lope Félix del Carpió, soldado en la Armada de su Majestad

Silva primera


Yo, aquel que en los pasados
tiempos canté las selvas y los prados,
éstos vestidos de árboles mayores
y aquéllas de ganados y de flores,
las armas y las leyes,
que conservan los reinos y los reyes,
agora, en instrumento menos grave,
canto de amor suave
las iras y desdenes,
los males y los bienes,
no del todo olvidado
del fiero taratántara, templado
con el silbo del pícaro sonoro.
Vosotras, musas del castalio coro,
dadme favor, en tanto
que, con el genio que me distes, canto
la guerra, los amores y accidentes
de dos gatos valientes;
que como otros están dados a perros,
o por ajenos o por propios yerros,
también hay hombres que se dan a gatos,
por olvidos de príncipes ingratos,
o porque los persigue la fortuna
desde el columpio de tierna cuna.
Tú, don Lope, si acaso
te deja divertir por el Parnaso
el holandés pirata,
gato de nuestra plata,
que infesta las marinas
por donde con la armada peregrinas,
suspende un rato aquel valiente acero,
con que al asalto llegas el primero,
y escucha mi famosa Gatomaquía,
así desde las Indias a Valaquia
corra tu nombre y fama,
que ya por nuestra patria se derrama,
desde que viste la morisca puerta
de Túnez y Biserta,
armado y niño, en forma de Cupido,
con el marqués famoso
del mejor apellido
como su padre por la mar dichoso.

No siempre has de atender a Marte airado,
desde tu tierna edad ejercitado,
vestido de diamante,
coronado de plumas, arrogante;
que alguna vez el ocio
es de las armas cordial socrocio,
y Venus, en la paz, como Santelmo
con manos de marfil le quita el yelmo.
Estaba sobre un alto caballete
de un tejado sentada
la bella Zapaquilda al fresco viento,
lamiéndose la cola y el copete,
tan fruncida y mirlada
como si fuera gata de convento.
Su mesmo pensamiento

de espejo le servía,
puesto que un roto casco le traía
cierta urraca burlona
que no dejaba toca ni valona
que no escondía por aquel tejado,
confín del corredor de un licenciado.
Ya que lavada estuvo,
y con las manos que lamidas tuvo,
de su ropa de martas aliñada,
cantó un soneto en voz medio formada
en la arteria vocal con tanta gracia
como pudiera el músico de Tracia;
de suerte que cualquiera que la oyera,
que era solfa gatuna conociera,
con algunos cromáticos disones,
que se daban al diablo los ratones.
Asomábase ya la Primavera
por un balcón de rosas y alhelíes,
y Flora, con dorados borceguíes,
alegraba risueña la ribera;
tiestos de Talavera

prevenía el verano,
cuando Marramaquiz, gato romano,
aviso tuvo cierto de Maulero,
un gato de la Mancha, su escudero,
que al sol salía Zapaquilda hermosa,
cual suele amanecer purpúrea rosa
entre las hojas de la verde cama,
rubí tan vivo, que parece llama,
y que con una dulce cantilena
en el arte mayor de Juan de Mena,
enamoraba el viento.
Marramaquiz, atento
a las nuevas del paje,
que la fama enamora desde lejos,
que fuera de las naguas de pellejos
del campanudo traje,
introducción de sastres y roperos,
doctos maestros de sacar dineros,
alababa su gracia y hermosura,
con tanta melindrífera mesura,
pidió caballo, y luego fue traída
una mona vestida
al uso de su tierra,
cautiva en una guerra
que tuvieron las monas y los gatos;
púsose borceguíes y zapatos
de dos dediles de segar abiertos,

que con pena calzó por estar tuertos;
una cuchara de plata por espada;
la capa colorada,
a la francesa, de una calza vieja,
tan igual, tan lucida y tan pareja,
que no será lisonja
decir que Adonis en limpieza y gala,
aunque perdone Venus, no le iguala:
por gorra de Milán, media toronja,
con un penacho rojo, verde y bayo,
de un muerto por sus uñas papagayo,
que diciendo : ¿ Quién pasa ? cierto día,
pensó que el rey venía,
y era Marramaquiz, que andaba a caza,
y halló para romper la jaula traza;
por cuera, dos mitades que de un guante
le ataron por detrás y por delante,
y un puño de una niña por valona.
Era el gatazo de gentil persona
y no menos galán que enamorado;

bigote blanco y rostro despejado,
ojos alegres, niñas mesuradas,
de color de esmeraldas diamantadas,
y a caballo en la mona parecía
el paladín Orlando, que venía
a visitar a Angélica la bella.
La recatada ninfa, la doncella,
en viendo al gato se mirló de forma
que en una grave dama se transforma,
lamiéndose, a manera de manteca,
la superficie de los labios seca,
y con temor de alguna carambola,
tapó las indecencias con la cola,
y bajando los ojos hasta el suelo,
su mirlo propio le sirvió de velo;
que ha de ser la doncella virtuosa
más recatada mientras más hermosa.
Marramaquiz entonces, con ligeras
plantas batiendo el tetuán caballo,
que no era pie de hierro o pie de gallo
le dio cuatro carreras,
con otras gentilezas y escarceos,
alta demostración de sus deseos;
y, la gorra en la mano,
acercóse galán y cortesano
donde le dijo amores.
Ella, con las colores

que imprime la vergüenza,
le dio de sus guedejas una trenza;
y al tiempo que los dos marramizaban
y con tiernos singultos relamidos
alternaban sentidos,
desde unas claraboyas que adornaban
la azutea de un clérigo vecino,
un bodocazo vino,
disparado de súbita ballesta
más que la vista de los ojos presta,
que, dándole a la mona en la almohada,
por de dentro morada,
por de fuera pelosa,
dejó caer la carga, y presurosa
corrió por los tejados,
sin poder los lacayos y criados
detener el furor con que corría.
No de otra suerte que en sereno día
balas de nieve escupe, y de los senos
de las nubes, relámpagos y truenos
súbita tempestad en monte o prado,
obligando que el tímido ganado
atónito se esparza,
ya dejando en la zarza
de sus pungentes laberintos, vana
la blanca o negra lana,
que alguna vez la lana ha de ser negra,
y hasta que el sol en arco verde alegra

los campos que reduce a sus colores,
no vuelven a los prados ni a las flores,
así los gatos iban alterados
por corredores, puertas y terrados,
con trágicos maullos,
no dando, como tórtolas, arrullos,
y la mona, la mano en la almohada,
la parte occidental descalabrada,
y los húmidos polos circunstantes
bañados de medio ámbar, como guantes
En tanto que pasaban estas cosas,
y el gato en sus amores discurría
con ansias amorosas
porque no hay alma tan helada y fría
que Amor no agarre, prenda y engarrafe,
y el más alto tejado enternecía,
aunque fuesen las tejas de Getafe,
y ella, con ñifi ñafe,
se defendía con semblante airado,
aquel de cielo y tierra monstruo alado,
que, vestido de lenguas y de ojos
ya decrépito viejo con antojos,
ya lince penetrante,
por los tres elementos se pasea
sin que nadie le vea,
con la forma elegante
de Zapaquilda discurrió ligero

uno y otro hemisfero,
aunque con las verdades lisonjera,
y en cuanto baña en la terrestre esfera,
sin excepción de promontorio alguno,
el cerúleo Neptuno,
plasmante universal de toda fuente,
desde Bootes a la Austral Corona
y de la zona frígida a la ardiente
Esto dijo la Fama, que pregona
el bien y el mal; y en viendo su retrato,
se erizó todo gato
y dispuso venir, con esperanza
de galardón que un firme amor alcanza.
Los que vinieron por la tierra en postas
trajeron, por llegar a la ligera,
sólo plumas y banda, calza y cuera;
los que habitaban de la mar las costas,
tanto pueden de amor dulces empresas,
vinieron en artesas,
mas no por eso menos
hasta la cola de riquezas llenos;
y otros, por bizarría,

para mostrar después la gallardía,
en cofres y baúles,
sulcando las azules
montañas de Anfitrite;
y alguno que a disfraces se remite,
por no ser conocido,
en una caja de orinal metido.
Con esto, en muchos siglos no fue vista,
como en esta conquista,
tanta de gatos multitud famosa,
por Zapaquilda hermosa.
Apenas hubo teja o chimenea
sin gato enamorado,
de bodoque tal vez precipitado,
como Calisto fue por Melibea;
ni ratón parecía,
ni el balbuciente hocico permitía
que del nido saliese,
ni queso ni papel se agujeraba,
por costumbre o por hambre que tuviese,
ni poeta por todo el universo
se lamentó que le royesen verso,
ni gorrión saltaba,
ni verde lagartija
salía de la cóncava rendija.
Por otra parte el daño compensaba
que de tanto gatazo resultaba,
pues no estaba segura
en sábado morcilla ni asadura,
ni panza ni cuajar, ni aun en lo sumo
de la alta chimenea

la longaniza al humo,
por imposible que alcanzarla sea,
exento a la porfía en la esperanza,
que tanto cuanto mira, tanto alcanza.
Entre esta generosa ilustre gente
vino un gato valiente,
de hocico agudo y de narices romo,
blanco de pecho y pies, negro de lomo,
que Micifuf tenía
por nombre, en gala, cola y gallardía
célebre en toda parte
por un Zapinarciso y Gatimarte.
Este, luego que vio la bella gata,
más reluciente que fregada plata,
tan perdido quedó, que noche y día
paseaba el tejado en que vivía,
con pajes y lacayos de librea,
que nunca sirve mal quien bien desea.
Y sucedióle bien, pues luego quiso
¡oh gata ingrata! a Micifuf Narciso,
dando a Marramaquiz celos y enojos.
No sé por cual razón puso los ojos
en Micifuf, quitándole al primero,
con súbita mudanza,
el antiguo favor y la esperanza.
¡Oh cuánto puede un gato forastero,
y más siendo galán y bien hablado,
de pelo rizo y garbo ensortijado.
Siempre las novedades son gustosas;

no hay que fiar de gatas melindrosas.
¿Quién pensara que fuera tan mudable
Zapaquilda, cruel y inexorable,
y que al galán Marramaquiz dejara
por un gato que vio de buena cara,
después de haberle dado
un pie de puerco hurtado,
pedazos de tocino y de salchichas?
¡Oh cuan poco en las dichas
está firme el amor y la fortuna!
¿En qué mujer habrá firmeza alguna?
¿Quién tendrá confianza,
si quien dijo mujer dijo mudanza?
Marramaquiz, con ansias y desvelos,
vino a enfermar de celos,
porque ninguna cosa le alegraba.
Finalmente Merlín que le curaba,
gato de cuyas canas, nombre y ciencia
era notoria a todos la experiencia,
mandó que se sangrase;
y como no bastase,
vino a verle su dama,
aunque tenía en un desván la cama,
a donde la carroza no podía
subir, por alta y por la estrecha vía;

pero, en fin, apeada,
entró de su escudero acompañada.
Mirándose los dos severamente,
después de sosegado el accidente,
él con maullo habló y ella con mirlo,
que fuera harto mejor pegarla un chirlo;
pero por alegrarle la sangría
le trujo su criada Bufalía
una pata de ganso y dos ostiones.
El se quejó con tímidas razones
en su lenguaje mizo,
a que ella con vergüenza satisfizo;
quejas que, traducidas del y della,
así decían: –Zapaquilda bella,
¿por qué me dejas tan injustamente?
¿Es Micifuf más sabio? ¿Es más valiente?
¿Tiene más ligereza? ¿Mejor cola?
¿No sabes que te quise elegir sola
entre cuantas se precian de mirladas,
de bien vestidas y de bien tocadas?
¿Esto merece que un invierno helado,
de tejado en tejado
me hallaba el alba al madrugar el día

con espada, broquel y bizarría,
más cubierto de escarcha
que soldado español que en Flandes marcha
con arcabuz y frascos?
Si no te he dado telas y damascos
es porque tú no quieres vestir galas
sobre las naturales martingalas,
por no ofender ingrata a tu belleza,
las naguas que te dio naturaleza;
pero en lo que es regalos, ¿quién ha sido
más cuidadoso, como tú lo sabes,
en cuanto en las cocinas, atrevido,
pude garrafiñar de peces y aves?
¿Qué pastel no te truje, qué salchicha?
¡Oh terrible desdicha!
¡Pues no soy yo tan feo!
Que ayer me vi, mas no como me veo,
en un caldero de agua que de un pozo
sacó para regar mi casa un mozo,
y dije: ¿Esto desprecia Zapaquilda?
¡Oh celos! ¡Oh piedad! ¡Oh amor! Reñilda
No suele desmayarse al sol ardiente
la flor del mismo nombre y la arrogante
cerviz bajar humilde, que la gente,
por la loca altitud, llamó gigante,
ni queda el tierno infante
más cansado, después de haber llorado,

de su madre en el pecho regalado,
que el amante quedó sin alma. ¡Oh cielos,
qué dulce cosa amor, qué amarga celos!
Ella, como le vio que ya exhalaba
blandamente el espíritu en suspiros,
y que piramizaba
entre dulces de amor fingidos tiros,
porque no se le rompa vena o fibra,
el mosqueador de las ausencias vibra,
pasándole dos veces por su cara.
Volvióle en sí, que aquel favor bastara
para libralle de la muerte dura,
y luego con melífera blandura
le dijo en lengua culta:

–Si tu amor dificulta
el que me debes, en tu agravio piensas
tan injustas ofensas:
que aunque es verdad que Micifuf me quiere,
y dice a todos que por mí se muere,
yo te guardo la fe como tu esposa–.
Cesó con esto Zapaquilda hermosa,
sellando honesta las dos rosas bellas;
que siempre hablaron poco las doncellas,
que, como las viudas y casadas,
no están en el amor ejercitadas.
Bajaba ya la noche,
y las ruedas del coche,
tachonadas de estrellas
bailadores diamantes y centellas,

detrás de las montañas resonaban.
Los pájaros callaban
dejando el campo yermo,
cuando los pajes del galán enfermo
en el alto desván hachas metían,
que alumbrar la carroza prevenían.
Entonces los amantes,
que son los cumplimientos importantes,
ella por irse, y él quedarse a solas,
se hicieron reverencias con las colas.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Lope de Vega: Al pie de un roble escarchado


Sulca del mar de Amor las rubias ondas,
barco de Barcelona, y por los bellos
lazos navega altivo, aunque por ellos
tal vez te muestres y tal vez te escondas.

Ya no flechas, Amor, doradas ondas
teje de sus espléndidos cabellos;
tú con los dientes no le quites dellos
para que a tanta dicha correspondas.

Desenvuelve los rizos con decoro,
los paralelos de mi sol desata,
boj o colmillo de elefante moro;

y en tanto que esparcidos los dilata,
forma por la madeja sendas de oro
antes que el tiempo los convierta en plata.

martes, 25 de abril de 2000

Lope de Vega: Desde que viene la rosada aurora

De hoy más las crespas sienes de olorosa
verbena y mirto coronarte puedes,
juncoso Manzanares, pues excedes
del Tajo la corriente caudalosa.

Lucinda en ti bañó su planta hermosa;
bien es que su dorado nombre heredes,
y que con perlas por arenas quedes,
mereciendo besar su nieve y rosa.

Y yo envidiar pudiera tu fortuna,
mas he llorado en ti lágrimas tantas,
(tú, buen testigo de mi amargo lloro),

que mezclada en tus aguas pudo alguna
de Lucinda tocar las tiernas plantas,
y convertirse en tus arenas de oro.